
De Juan Gonella para Clara Casalegno
Rosario, diciembre 2025
Estimada Clara Casalegno:
He recibido una invitación, a escribir (quizás) pensar en correspondencia algunos temas, cuestiones, inquietudes, opiniones, pequeños elementos inadvertidos con los que se hace nuestra práctica, el psicoanálisis. Cuando recibí esta invitación enseguida pensé en usted; es que recientemente había participado de una actividad alrededor de un texto de O. Mannoni y permanecieron en mí algunas inquietudes que la presentación suya provocó. No son preguntas y tampoco espero respuestas. Son leves impresiones que, tal vez, le den ganas de conversar o compartir a su vez con alguien más. ¿Es que se podrá conjeturar una conversación cuidada y que no escatime elegancias sólo a partir de leves impresiones? Ojalá. Tengo presente esa larga tradición de correspondencias, que es una tradición literaria de la cual Freud participó, donde temas, noticias, opiniones transcurren a través de largas distancias. Hoy parece que la tecnología las hubiera acortado. No estoy tan seguro. De todas formas, ¿no empieza El Banquete así? ¿Y no retoma Saer, escritor que no prefiero, aquel comienzo en una de sus novelas? Literatura, mito de los comienzos. Aquí me detengo por primera vez, ¿qué actualidad en el psicoanálisis para los mitos de los orígenes, para las narraciones de los comienzos? Algo de esto usted comentó del texto de Mannoni. Repongamos para nuestros posibles lectores el texto al que me refiero: “Análisis original: continuaciones” que a su vez tiene un antecedente “El análisis original”. Allí Mannoni trabaja la correspondencia entre Freud y Fliess, la editada hasta ese momento, y de esa conversación conjetura un cruce entre teoría y transferencia. La interpretación quizás vacila en esa frase inmejorable de Mannoni: “Freud obtuvo un saber sobre el delirio, Fliess un delirio de saber.” Es denso, es bueno el texto. En especial esa distinción entre lo que Freud obtuvo de Fliess y lo que buscaba en Breuer. Nos indica el sustrato opaco de la transferencia.
Tanto el uno como el otro texto de Mannoni toman como archivo las cartas entre Freud y Fliess consideradas por muchos como el otro lado de la “teoría” analítica. Los más importantes textos, los del descubrimiento, se escribieron mientras duró ese epistolario. En esos textos, Mannoni nos dice que en cada análisis se repiten los comienzos del análisis; se repite el descubrimiento, se repite una escena original aunque no lo sepamos. Ahora pregunto: ¿no habrá más alternativa que repetir los comienzos? Esa repetición en el principio, más allá de la discusión sobre si fue o no un análisis esa conversación, más allá si podamos leer o no en las cartas algo de eso, ¿será la cifra del legado freudiano? ¿Qué será aquello que se transmite sólo por una repetición que es también una sustracción en el origen? Leerlo, repetirlo, tal vez soñarlo, podríamos decir si jugásemos al príncipe Hamlet. Presencias del estilo.
Sobre el lugar conjetural que pueden tener las correspondencias para narrar una historia del análisis, una historia de las elaboraciones y las producciones de Freud (creo que algo de eso se sugiere en el segundo de los textos) no me voy a referir ahora. Sólo baste indicar que algún miramiento historiográfico nos permitiría leer las correspondencias y las no correspondencias entre la teoría y aquello que se desarrolla epistolarmente. Digo, leer en serie.
La cuestión en la que me quiero detener es que en una de esas cartas, la número 52 según la edición clásica, se plantean algunos términos que considero centrales para pensar nuestra práctica, tanto “clínica” como “teórica”: el destiempo de las vivencias con respecto a la inscripción (recuerdo), los efectos de la llamada “defensa patológica” y por sobre todo los anacronismos. ¿Cuáles son los anacronismos que practicamos? ¿Será que el anacronismo nos propone una manera de cuidar historias, recuerdos, prácticas, tradiciones que de otro modo se indistinguirían en el concierto de las modas efímeras?
No me parece que puedan “saberse” los orígenes, sería como creer que podríamos hacer una historia positiva en nuestro discurso. No obstante hay marcas que indican y llaman a ser leídas, algo se sugiere ocultándose y se figura en su borramiento. Jorge Jinkis ha hecho del anacronismo una posibilidad de lectura. Cito un pequeño párrafo de él: “[…] la latencia, la idea de que la tradición que se transmite es la que se reprime, la precariedad de la exactitud histórica, el riesgo de seguir el indicio de un acontecimiento que se anticipa, la significación que acude en retardo, la inmixión de los tiempos y de las épocas. En fin, impera el anacronismo.”
¿En qué medida esta carta es también un anacronismo que invita a un modo de conversación desacostumbrada, sin la velocidad ni la ansiedad de nuestros tiempos?
Atte,
Juan Gonella

