
De Pablo Garello para Mauricio Vera
Hola compañero,
Es un gusto saludarte a través de esta carta. La política argentina me tiene enredado, y como sé de tu afición por los debates inabarcables de la realidad nacional, quería ensayar estas ideas, para compartirlas y ordenarlas.
Argentina está en un laberinto. El peronismo está en un laberinto. Lo cual no sería tan grave si se tratara de un partido más, pero como creo que el justicialismo es la expresión política de nuestro pueblo, y la doctrina que este encontró para hacer florecer la vida de su comunidad, nos veo complicados.
Vos sabés que yo interpreto la política como una lucha histórica. Una lucha histórica entre facciones de poder que buscan imponer sus intereses frente a las demás. Hace dos días estuve en Obligado por el Día de la soberanía. De a ratos contemplaba el Paraná y pensaba que allí mismo, la Confederación Argentina, de la mano de Rosas y de Mansilla, resistieron gallardamente frente a las dos potencias de la época: Inglaterra y Francia. Cinco años de lucha para que nuestra nación termine expulsando a los imperios globales, reafirmando su dignidad y valentía. ¡Claro! Rosas proyectaba un país industrial a través de la Ley de Aduana y la estatización del Banco Nacional, un país integrado a través del control de los ríos interiores, un espacio ampliado a través del “sistema americano”, proyecto geopolítico que contemplaba a Uruguay, Paraguay y Bolivia. Los europeos no podían permitir eso, de allí el bloqueo y la invasión. Desde 1806 Argentina vive una tensión permanente entre la liberación o la dependencia que, por supuesto, es una tensión permanente con enemigos concretos. Pueden cambiar de ropaje pero una vieja (y olvidada) palabra nos ayuda a definirlos cabalmente: imperialismo.
¿Por qué la veo complicada? Porque creo que el peronismo, y en realidad podríamos decir toda la política, se volvió una actividad de superestructura. Un conjunto de partidos liberales, que pergeñan una ingeniería electoral, operaciones de prensa, estudios de focus group y relaciones con el mundo del poder, con el único fin de ganar elecciones para poder administrar las instituciones del Estado.
Pero claro, si dijimos que estamos inmersos en una disputa histórica por la liberación de la Patria, y luchamos contra enemigos concretos, tenemos que disponer de una fuerza que libre esa batalla. Acumular fuerza implica la posibilidad de imponer la propia voluntad sobre el enemigo y para eso hace falta formación de cuadros y organización de la masa. Pero si el único objetivo de los dirigentes del peronismo es llegar al Estado para hacerse ricos, contar con secretaría personal o tener chofer propio, naturalmente, organizar al pueblo para que defienda sus intereses y conducirlo hacia una política de emancipación, es la última de las prioridades.
Me voy a poner bien coyuntural y destacar una situación nimia pero a la vez simbólica: cuando uno escucha de la interna peronista en provincia de Buenos Aires, todo se reduce a lo superestructural: el tweet de la intendenta de Quilmes, los votos para el endeudamiento, la rosca en el Concejo de la Magistratura, las operaciones de prensa. Parece no caber la posibilidad de vencer al adversario haciendo política, es decir, construyendo junto a la gente. Por eso los dirigentes hablan de “espacio político” y no de fuerza o de movimiento.
Como decía Francisco, el tiempo es superior al espacio. El espacio no crea procesos, no camina, solo está. La idea de fuerza o de movimiento es diferente. Por eso creo, querido compañero, que como generación tenemos un desafío central: formar cuadros y organizar a la masa. De lo contrario, seguiremos reproduciendo la inercia del institucionalismo liberal, que nos lleva a la extinción.
Porque supongamos que se gana una elección, apelando a la “unidad” y al hartazgo social. ¿Pero después? ¿Cómo hacer un buen gobierno frente a los enemigos del pueblo? ¿Cómo vas a derogar la ley de entidades financieras o nacionalizar el Paraná si no tenes a la masa organizada ni a los cuadros preparados para bancar semejante batalla? Te convertís en un administrador de la dependencia, impotente para cualquier cambio estructural. Por eso, cuando se habla de Vicentin, y más allá de la cobardía de Fernandez (siempre el líder es fundamental en una disputa estratégica), yo me pregunto: ¿contábamos con la fuerza para llevar la política adelante, mantenerla y ejecutarla contra los grandes intereses del comercio exterior? Permitime dudar.
Entonces, querido compañero, creo que hay que ponerse a laburar, trabajar la tierra con paciencia porque esto no se va a solucionar por ganar una elección en 2027. No nos tiene que comer la ansiedad. Hay que volver a construir comunidad, formar dirigentes patriotas, capacitados y honestos, tener en claro cuáles son nuestros aliados y enemigos y, a partir de ahí, elaborar una estrategia de construcción política que quizá nos lleve 10 o 20 años. Eso me entusiasma más que cualquier otra cosa. En fin, mal que nos pese, es el propósito de nuestra vida.

