Querida Mabel:
Me desperté temprano. Sigo con la costumbre de las tostadas con mermelada, manteca y café. Primero el café. Eso es innegociable. A media mañana, mate. Entraba sol tibio por la ventana y me puse a leer algo de poesía. Por la quinta o sexta página, tu nombre. Volviste de la peor manera, en un poema. Como no puedo leértelo, te lo transcribo. Se llama “El futuro de tu nombre”. Fijáte cómo los libros nos hablan, cómo se encargan de moldear el mundo.
El futuro de tu nombre
Poné la palabra Mabel
frente a cualquier otra palabra
y vas a ver que es graciosa.
Pero si la ponés después
de cualquier palabra, deja de serlo.
Si decís solo la primera
sílaba, pausa, y decís
la segunda, perderá
todo sentido, así como un día
perderá sentido tu nombre.
Sus fonemas saldrán corriendo
en busca de sentido, pero
al futuro no le quedará ningún sentido
para ellos. Estará todo agotado.
Sentado en el escritorio, saqué el contrato que guardo en uno de los últimos cajones y lo dejé junto a la máquina de escribir. Lo leí cientos de veces. No tiene fecha ni lugar. Veo el nombre que elegiste y leo el artículo tercero. Dice que en lo sucesivo serás denominada como “Mabel Olvido”. Que nos presentamos voluntariamente para borrarnos, como en la película esa en la que actúa Jim Carrey y la chica de Titanic. Pese a la recomendación de no hacerlo, elegí llevarme una copia del contrato. El tuyo, en cambio, quedó archivado en la Dirección Nacional del Olvido. Es lo único que sé de vos. Ni el contrato quisiste llevarte. Intenté googlear varias veces “LateoCorp”, pero no aparece nada. Debe ser parte del proceso. Desaparecen también quienes nos hicieron desaparecer. Cobardes.
No hay un lugar al que pueda aferrarme. Tengo cientos de fotos donde estás borrada. Eso lo sé por el artículo octavo. Ambos tenemos un lente intraocular que nos borra de fotos, videos, de todo intento de mirarnos, de reconocernos. En el apartado b dice que aproveché para que el lente mejorara mi miopía. Qué ironía, Mabel Olvido, ahora puedo no verte mejor.
Por el artículo décimo intuyo que ambos tuvimos el mismo tatuaje. Yo decidí dejarme el mío. ¿Soy también una mancha en tu piel? Ese tatuaje es la única pista que tengo de nosotros. Reconozco los otros dos tatuajes y me acuerdo cuándo me los hice. El nuestro es el único que no recuerdo habérmelo hecho: uno chiquito que tengo en el brazo, con un elefante y un monito encima. Sé que esa imagen pertenece a El jardín de las delicias, de El Bosco. ¿Por qué habrá elegido ponerlos dentro de su representación del paraíso?
Mirá que en ese cuadro hay árboles azules, peces alados, un león rarísimo comiéndose a un venado. Y nos vinimos a hacer el del elefante con el monito en el lomo. La idea probablemente fue mía. Siempre me pareció hermoso ese cuadro. Salvo un dios adolescente que les habla a Adán y Eva, los únicos que miran al espectador y mantienen una verdadera unión son el elefante y el monito. En un paraíso engañoso, parecerían aferrarse el uno al otro.
Te confieso algo. Los primeros días después de resetearnos estaba desesperado. Con mi hermano Julián —al cual debés haber olvidado— probamos con una especie de ouija para ver si el dispositivo funcionaba. En una tabla de madera me señalaba las letras que componen tu nombre, y una vez que lo leía completo aparecía un fuerte dolor de cabeza y volvíamos a foja cero.
Tampoco sé si a tu nuevo nombre lo habrás elegido vos, si hay una lista y te lo dejan elegir, o si de manera arbitraria van denominando a los firmantes con diferentes nombres. ¿O serán todas Mabel Olvido? Ahora que lo pienso, me gustaría trabajar de eso. Me gustaría ser empleado de LateoCorp, llegar todas las mañanas, servirme un café de la máquina, abrir una libretita blanca e inventar nombres. Crear, a lo mejor, cuatro o cinco nombres por día que puedan ser utilizados en estos contratos macabros. Isabel Amnesia, Marta Desapego, Beatriz Indiferencia, Adela Abandono, María Herminda Nadie.
Veo el tatuaje otra vez. ¿Habremos tenido un jardín?
Me niego a olvidar tu olvido, Mabel. Me niego a esta tecnología absurda. No sé si LateoCorp le habrá copiado a la película o habrá sido al revés. Lo que sé es que el mundo se está yendo a la mierda. También sé que todas las generaciones que nos precedieron dijeron esta frase. Mi bisabuelo alguna vez debe haber dicho “el mundo se está yendo a la mierda”, mi abuelo, mi padre y ahora yo. El mundo de ellos sobrevivió. El nuestro, por ahora también, pero nos pasamos la vida sin cuestionar nada, compramos curitas para hemorragias internas. ¿Cuánto podemos durar?
Hace quince días me recordaron que era el cumpleaños de mi vieja. Murió hace diez años. “Salúdala por su cumpleaños”, me decía Facebook. A la tecnología del recuerdo infinito le agregaron ahora la del olvido eterno, con empresas que, según el artículo catorce, no se hacen responsables de los posibles daños que puedan causarnos.
¿Sabías que no pueden hablarme de vos? Supongo que sí, que te debe pasar lo mismo. Cada vez que alguien intenta hacerlo, escucho una canción. Lo dice el artículo decimosexto, bajo el título “La imposibilidad de la escucha”.
Hay una señora que me cruzo seguido. Debe ser tu tía, porque tiene una cara bárbara de tía. Me agarra de la mano e intenta hablarme de vos, pero enseguida empieza a sonar en mis oídos el riff de “Perdida” de los Killer Burritos. No sé por qué carajo elegí esa canción. El contrato no lo dice. ¿Habrá sido nuestra canción? ¿Alguna vez habremos cantado a los gritos ese tema? ¿Qué canción escucharás cuando alguien pronuncia mi nombre?
Veo mi nueva casa. No sé qué objetos tendrán tu huella. Somos un rompecabezas que intento armar con suposiciones y cláusulas contractuales. ¿Qué nos habremos hecho? ¿Qué nos habremos dicho para terminar así?
Hay algo absurdo en todo esto, Mabel Olvido, y espero que me entiendas.
En realidad te escribo porque no sé si quiero recordarte. Necesito olvidarte a mi manera, que nos demos esa posibilidad. Pongamos a laburar al tiempo.
Quiero olvidarme del modo en que agarrabas los cubiertos. Quiero olvidarme de las arrugas que tenías en los ojos, del tono de tu voz, del color que elegías para pintarte las uñas. Quiero olvidarme de la manera en que acariciabas a los perros. Que el tiempo vaya borrando, de a poco, las finas capas del recuerdo hasta que quede solo tu nombre —tu verdadero nombre— y no duela tanto.
Tal vez recordar, Mabel Olvido, no sea más que otra forma de amar.
Y quizás te cruce en la peatonal o en algún supermercado, y te transformes, por unos segundos, en Mabel Recuerdo. Vengas como una ola y me des una muestra gratis de tus ojos, de tus manos, de tu forma de caminar. Que te reconstruya con un simple gesto tuyo, para que sigas de largo y vuelvas a ser Mabel Olvido…
Me equivoqué. También te escribo para reconocer el error de haberme dejado llevar hasta esa empresa de mierda y entregarme a la facilidad.
Quisiera volver a conocerte, que nos amemos, que nos deseemos, y que aquel amor se diluya y se transforme en otra cosa.
Y pueda, de una vez por todas, imponerle mis reglas al olvido.
Implorando nostalgia,

Gonzalo Ramírez


