Minúsculas palpitaciones
transitan fosforescentes
la melodía de una tarde gris
lejana.
Las notas flotan parsimoniosas como átomos,
entre silencios cadenciosos,
como si estuvieran a la deriva.
Se escuchan de fondo
en la cocina
a la hora de la siesta,
entre el chirrido del sol que atraviesa la ventana,
y el silbido del viento que viborea por debajo de la puerta.
..seguro está empezando.
Empieza.
Un acorde tibio arde y sangra,
oxida los colores que fueron
blanco alguna vez.
El solfeo de la cruz del Sur,
con su vaivén de brazos
y puntos cardinales
cruza la línea de los tiempos.
La mesa,
la mesa de la cocina,
con su techo de secretos,
y su intimidad de sábanas amuralladas,
es una casa
dentro de otras casas.
Una escala de ladridos se acoplan
a paso sincopado
le dan pulso
a una nueva armonía.
Un ruido suelto
un ruido nuevo
ondea en el aire
es una voz,
es un alarido de dolor,
que se repite,
se repite,
duele.
Quedan murmullos
que raspan
que saturan
oradan cualquier membrana
hasta volverse indiferentes.
Sube y baja, avanza ligero,
cambia de escala,
el crepitar de notas
sigue en movimiento
con la fuerza de lo perpetuo.
* Écfrasis de Mikrokosmos de Béla Bartók.


