
7 tesis sobre el habla política actual
Qué manera de hablar
Comentarios en la calle, pintadas, streamers, redes sociales, memes, movilizaciones de cientos de miles de personas, levantamientos populares, movimientos sociales, peleas callejeras por cuestiones valorativas, grupos de whatsapp. Es difícil decir que estamos en una sociedad a la que no le importa la política. Mucho menos que estamos en una sociedad despolitizada. En cambio, podríamos decir que estamos en una sociedad que habla mucho de política, que consume muchísimos contenidos políticos, signos de política, pero que es una sociedad políticamente infraorganizada. La relación entre el consumo de signos políticos y la práctica política es desproporcionada.
Nuestra situación difiere en buena medida de otras, en las que efectivamente la sociedad estaba más distante del interés y discurso cotidiano sobre la política. Los años noventa, por ejemplo, fueron un tiempo en que el centro de la atención, y de la información, tenía más que ver con el entretenimiento alrededor de temas no explícitamente políticos. “No se habla de política ni de religión” fue un criterio del entretenimiento. Hoy día una gran parte de ese entretenimiento es la propia política. “Hay que hablar de política y de religión” parece ser un leitmotiv del entretenimiento. Se consume política como entretenimiento, lo que no quiere decir, desde ya, sin efectos ni consecuencias.
La historia de la relación entre consumo de signos de la política y organización política no es una relación lineal. Ha habido momentos en los que el consumo de signos de la política no era tan intenso como ahora; sin embargo, fueron momentos prolíficos e inventivos en formas de organización política. Vale para el zapatismo, el movimiento alterglobalización, los trabajadores desocupados argentinos, los campesinos sin tierras brasileros. Vale también para los primeros años del ciclo progresista latinoamericano. Si tal vez es apresurado decir que a mayor consumo de signos de la política, menor es la tasa de organización, al menos sí podemos constatar que no hay una relación proporcional directa entre consumo de signos de la política y organización política, que puede haber grandes niveles de organización sin que la sociedad esté “politizada” en sus consumos.
Esta hipótesis nos deja ante un escenario interesante: tal vez no haga falta inflacionar los signos de política para que la práctica de organización prolifere. Esto no quiere decir, desde ya, que el silencio garantiza organización; lo que que quiere decir es menos provocador pero quizá más inquietante: que hablar no garantiza organización, que la promesa que incuba el hablar, la imagen de futuro que la apuntala, parece devaluarse en el propio hablar. Más precisamente en el habla política actual.
Este hablar actual de política, cuya estética puede ir del streaming serio y solemne hasta el posteo de TikTok, desde el stencil callejero hasta la conversación de bar, puede estar cumpliendo dos tareas en simultáneo:
1. Ser causa de desorganización, en el sentido de que su proliferar inhibe otros movimientos, acciones e, incluso, formas de esperar.
2. Ser efecto de desorganización, en el sentido de que la crisis organizativa deriva en logorrea social política.
Lo que sigue es una serie de afirmaciones, bajo la forma de tesis, para tratar de situar qué pasa con el habla política actual predominante.
Tesis 1
Al ser de base fuertemente digital, el habla política actual parece dar un protocolo de organización, cuando lo cierto es que solo da un protocolo de comunicación. Este protocolo tiene dos formas organizadas a priori: la de la propia lengua y la del canal de transmisión (que llamamos Internet). Pero esas dos formas organizadas no son una forma de organización política. Quizá uno de los grandes problemas estratégicos actuales esté en confundir niveles de organización y protocolos comunicacionales con protocolos organizacionales.
Tesis 2
El habla actual se puede dividir en dos zonas retóricas: el testimonio y la prescripción. La prescripción es el modo imperativo de la política (lo que hay que hacer, lo que pasará si se hace, etc.); el testimonio suele darse como relato de víctima. Hablar hoy es o bien relatar lo que se ha sufrido o bien dar una orden. El receptor de esos dos géneros discursivos queda, las más de las veces, inerme: sólo puede indignarse (o, su contracara, ser indiferente); o quedar atrapado en el vértigo de una orden imposible de cumplir porque las condiciones de su cumplimiento revisten una complejidad tal que el oyente es incapaz de controlar o satisfacer. El habla actual lleva a una zona extraña: incluso si el qué hacer puede estar claro, el cómo hacerlo es altamente opaco. Y esto porque el cómo, el modo de hacer, remite a un problema de organización.
Lo que está quebrado es el articulador entre el habla y la práctica. No en el sentido de que los que hablan no practican y los que practican no hablan. No es un problema de dualismo, de diálogo entre sordos. Es un problema, como diría Deleuze, de expresión: es un habla que dice pero no expresa. Su relación con la práctica es la de un habla que sueña sueños de lingüista (traducir, representar, sintetizar, definir) y sueños divinos (crear con la palabra, ordenar). Pero lo que parece hacer falta son albañiles (reunir, amalgamar, transportar), espías (inteligencia y contrainteligencia), ingenieros (infraestructuras) y artistas (actualizadores de posibilidades que producen nuevas posibilidades). Estas figuras son metafóricas. No abogo por una tecnocracia de nuevo tipo, ni por un gobierno de expertos en el sentido clásico. Lo que quiero decir es que los saberes y operaciones necesarias para salir de la trampa del habla política actual se encuentran mucho más en saberes que no tienen al habla en el centro. Porque es ahí donde puede ocurrir un habla que fabrique e invente, más que un habla que traduzca y ordene. Un habla que participe de una organización en proceso, más que un habla que sueñe con dar la organización; un habla que participe de la composición de planes, acciones y emergencias, más que un habla que planifique desde afuera y ofrezca, a priori, los resultados. Un habla interesada en encontrar, más que en ser escuchada.
Tesis 3
Permítanme un uso irresponsable, a veces medio heurístico, a veces medio metafórico, de algunas nociones. Te pido perdón Claude Shannon, dondequiera que estés.
El habla se autopercibe información pero por lo general es ruido. En la teoría cibernética clásica, el ruido es aquello imposible de decodificar, que dificulta despejar las señales. Las ensucia. Se opone a la información. Ese ruido es ineliminable; no existe un canal que transmita información sin ruido. Y a más ruido, mayor probabilidad de incertidumbre, menor posibilidad de acceder a un valor.
Contra una idea excesivamente “controladora”, ese estatuto del ruido hace que su existencia no sea necesariamente una mala noticia política. El ruido ha sido elevado a operación política al ser entendido como un interruptor, un disruptor. Por ejemplo, si el enemigo depende de una cierta información, una cierta certeza, nada mejor que introducir ruido para dificultarle las acciones. El ruido interrumpe; como tal, puede liberar. O, al menos, abrir espacios para la liberación.
Ahora bien, ¿qué sucede si el habla, que se cree información, se experimenta como ruido? No en el sentido de que funciona como interrupción de una información, sino de que la propia información es mero ruido.
Quizá nunca como hoy la información —y la intención de quien habla— ha estado tan lejos de las posibilidades de quien escucha. La mediación tecnológica amplifica el habla al punto de convertirlo en una cacofonía, una sumatoria de voces. Cada una de ellas puede estar diciendo algo, pero la sumatoria, y su existencia como conjunto, produce ruido. Digamos, entonces, que hoy el ruido es un derivado del habla, un efecto sistémico de su superposición. Como si pusiéramos un coro de innumerables coristas: su resultado será un ruido que suena como un habla que parece comprensible pero que nunca llega a serlo. Como cuando escuchamos a alguien susurrar, o una conversación distante: sabemos que está diciendo algo pero no podemos saber qué está diciendo, lo escuchamos como ruido.
Tesis 4
Pero también podríamos afirmar lo contrario a la tesis anterior: el habla actual sobre la política parece ruido, pero es información. Puro valor actualizado. Su estabilidad sería total. ¿Un habla sin ruido? Veamos cómo.
Al tiempo que el volumen global, la adición incesante de habla, produce un efecto de ruido, también se puede considerar que cada acto de habla política es una información que tiende al cero de ruido. Pensemos en las secuencias en redes sociales. Podemos pasar de un reel sobre tecnocorporaciones a uno de crítica cultural, a uno sobre historia de la física y su relación con la geopolítica, a un otaku denunciando Gaza, a un libertario presentándose a concejal. Etcétera, etcétera, etcétera. Si bien la visión de conjunto puede resultar cacofónica, la relación con cada uno de los elementos es de otro orden. Un shock de certeza tras otro.
Un efecto habitual de esa experiencia es la identificación. El habla opera como un reclamo: nos vamos identificando (positiva o negativamente) a medida que avanzamos en el scrolleo. No parece haber aquí ruido, sino lo contrario: una inevitable identificación, una secuencia de identificaciones, una atmósfera cerrada, sin afuera, como el dormitorio con las ventanas cerradas desde el que transmite un streamer cualquiera.
El testimonio y la prescripción que resalté en el primer apartado producen (y reciben) demandas de identificación. Casi pruebas de amor. Estás o no estás. Esto produce un efecto de clausura: poco o nada puede el que recibe, salvo tomar partido o, mejor dicho, ya que estamos hablando del habla, pronunciarse.
Sus movimientos se angostan hasta confundirse con la empatía (o la antipatía) y la obediencia (o la desobediencia). Mientras la empatía/antipatía implica confundirse con el otro, la obediencia/desobediencia implica reconocer la ineliminabilidad del otro (porque será el que dé la orden). En el primer registro hay fusión o rechazo; en el segundo, hay encuadramiento o deserción. El habla, así, resulta seductora, porque la demanda de identificación es siempre seductora, pero poco proclive a la com-posición, al diseño de una posición común. El habla política actual inhibe un aspecto esencial de la propia práctica política y, por tanto, de sus dimensiones organizacionales: la alianza, configuración dinámica a partir de elementos heterogéneos entre sí.
Tesis 5
El habla política es un habla estratégica: un habla que se plantea problemas y soluciones. En algunos discursos las soluciones se ofrecen como “definitivas”; en otros, como provisorias. El estatuto temporal de esas soluciones altera las formas de pensar la política específica, pero no modifica el hecho de que la delimitación de problemas y la propuesta de soluciones son constitutivas de la política.
El habla actual no encuentra problema común, por eso divaga, incluso cuando es preciso. Parte importante de la logorrea actual consiste en identificar problemas (aunque utilizar la palabra “problema” no es necesariamente hablar de un problema), en diagnosticar situaciones, en proponer soluciones (y, a veces, en admitir la no solucionabilidad de una situación, su carácter trágico).
Ahora bien, ¿cuáles son las condiciones actuales del habla política como habla problemática, de la que recibimos mensajes hasta el hartazgo todos los días, si coincide con la certeza de una profunda crisis de inteligencia organizacional y estratégica?
Creo que ciertas divulgaciones del ambientalismo (no en el ambientalismo realmente existente, que es infinitamente más complejo) son una buena zona para ilustrar esas condiciones y sus efectos. En esa vulgata ambiental tenemos, por un lado, la épica del acto individual que colabora en salvar al planeta y, por otro, la certeza de una catástrofe inevitable. En el primero el habla miniaturiza tanto su objeto que la práctica amenaza con ser útil sólo como acto ético y ser abandonada muy pronto; en el segundo, la práctica se presenta al borde de lo imposible, tal la magnitud del desastre que hacer algo no sólo parece poco sino ingenuo.
Los límites de esta manera de hablar político se expresan con mucha claridad en el ambientalismo, al que traigo aquí no para banalizarlo sino para mostrar cómo su banalización ayuda a entender qué está pasando. Ni siquiera este riesgo existencial que nos acecha logra esquivar el efecto que produce el habla política actual. Y esto, creo, se debe a que la articulación organizacional está perdida, rota, desatendida, olvidada, incomprendida, impensada. El habla política actual apunta al individuo o al fenómeno, pero muy pocas veces apunta a la organización colectiva. El habla política actual no se interesa por lo más importante, que son las modulaciones organizativas necesarias para definir un problema pero, sobre todo, para desplegar soluciones posibles.
Tesis 6
Este modo de hablar se basa en la promesa de una acción que no está en ella, y que tampoco está, por definición, de ningún modo, en el contexto en que se pronuncia. Por eso, este habla se lleva tan bien con la promesa electoral como instancia en la que se verá su eficacia, se volverá eficaz, dejará de ser promesa. El habla política actual descansa excesivamente en la fantasía del elegir, puede que fracase en hacer elegir lo que pretende, pero incluso fracasando refuerza la estructura del elegir como la estructura de la política. Pero esto no tiene que ver con la democracia como práctica colectiva de deliberación y decisión. Justamente es la organización democrática lo que el habla actual (incluso la que invoca la democracia) deteriora. Al habla actual le interesan mucho más las instituciones electorales, entre las que hay que considerar ese acto electoral cotidiano llamado “like”, mucho más que las instituciones democráticas. Por este motivo, el proceso de desdemocratización actual no debe ser acotado a los actores que, en el discurso, emiten mensajes con contenido fascista, sino que debe pensarse como un proceso que atañe al habla actual, de la que también participan muchas veces las posiciones discursivas antifascistas. Esto no es un reproche por participar de tal o cual canal de streaming o televisión, o dialogar con un adversario político. Lo que importa aquí son las condiciones de ese habla y la relación que mantiene con el problema de la organización. Las posibilidades de la democracia dependen del cambio en las narrativas pero sobre todo del cambio en la articulación entre habla y organización.
Tesis 7
Que el habla actual tenga un problema sustancial con la organización no equivale a que guardar silencio garantice organización. (Aunque no sería mala idea experimentar qué sucede organizativamente en caso de guardar silencio.) En cambio, hace falta que el habla tenga en su centro el problema de la organización. No sólo como tema sino como condición. Deleuze decía que no bastaba con tomar posición sino que había que controlar, al menos en parte, los medios de expresión. Controlar los medios de expresión no es lo mismo que “tener un medio”, sino preguntarse por el modo en que se articulará, en el devenir, la específica realidad de la palabra con la organización.

