
Carlos Fuentes. Lo americano en el infierno
(Nota del 12 enero 2026, 10:16 horas.) Suenan las primeras bombas, reviso las imágenes de los portales. Mi lectura de La muerte de Artemio Cruz acompaña la invasión norteamericana al territorio venezolano. Trump dice haber capturado al “narco-terrorista” Nicolás Maduro. Se escuchan los analistas, estoy atento a la indignación. Se oyen demasiadas defensas retóricas sobre el derecho internacional, se oyen muchas voces sobre la autodeterminación de los pueblos, sobre la soberanía territorial de los países. Se escuchan voces contra la vocación imperialista mientras en otra parte de la prensa (y del público venezolano desperdigado) se festeja la “liberación” de Venezuela. Entonces agarro el libro. Repaso, inspecciono. Artemio Cruz es un canalla. Burgués emergido de la decadencia putrefacta patrimonial de las viejas clases altas mexicanas durante la revolución, es algo así como la combinación entre las clases del viejo mundo colonial y estas nuevas oligarquías consolidadas del mandato de Obregón: Artemio se va haciendo abrupta y violentamente de su riqueza. De modo astuto, preciso. Y va convirtiéndose en el emergente de un orden político y económico estallado por una revolución infinita, por una revolución de múltiples demandas (demandas campesinas de reforma agraria, demandas capitalistas de industrialización, demandas urbanas por ampliación de derechos, demandas obreras de igualdad, demandas comunitarias del interior profundo, etc.). Artemio es un canalla, un burgués nacido de las contradicciones desnudas de una revolución que se adelantó en el tiempo: 1915 es muy pronto para especular con los campesinos, para prometer una reforma que finalmente los desposea; es muy antes para dejar inermes a los soldados de la insurgencia popular en Sonora; muy de madrugada para tomar la deuda de las viejas familias patricias y ofrecerles a cambio una renta de usura. Artemio, en su ímpetu, tomará a su esposa como parte de pago (en eso Fuentes tiene las mismas obsesiones ultrajantes que Faulkner). Es empresario, pero primero revolucionario, después caudillo, por último conservador: Artemio Cruz especulará con los norteamericanos, los presionará para que le paguen por adelantado, conduciéndolos a un terreno limítrofe que les impide deshacerse de él. El viejo mundo colonial del Porfiriato entonces va cediendo, los sobrevivientes no logran interpretar lo nuevo y las fuerzas policiales no alcanzan para doblegar el caos. Artemio Cruz lo sabe.
Enciendo de nuevo la televisión, repaso las imágenes. El presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, desciende de un avión en Nueva York con ropa naranja de capturado. Busco en García Márquez alguna referencia. No la encuentro. Vuelvo a Carlos Fuentes. Las voces siguen, siguen los que hablan sin parar, los que desconocen el silencio. Me recuerdan al cura desposeído por Artemio Cruz, aquel que se proponía bañarlo de consignas ideológicas y a quien le tenía preparado el puñal de la usura. Me recuerda a los federales, ese ejército profesional que defendía la constitución tardía del Porfiriato, mientras Maduro cae y Estados Unidos aún no define una intervención ex-post. Agarro el libro y, en el medio, se me ocurre pensar que estamos ante un nuevo orden mundial, uno donde EEUU no desea la injerencia de China en su continente, uno donde el Consenso de Washington y los organismos multilaterales ya no tienen mucho más que decir. Busco en los portales, no encuentro a Artemio Cruz. Todavía es muy pronto. Trump dice que el régimen venezolano continuará bajo el mando de la vicepresidenta Delcy Rodríguez y las caras largas de los liberales liberacionistas no se hacen esperar. Estados Unidos impone algunas condiciones, todavía no se topa con ningún Artemio (o ninguno que conozcamos). Dice que es el final de la provisión de petróleo a China, el final del aseguramiento de costos baratos para el gigante asiático. Lo sigo buscando a Artemio, aún no lo encuentro. Lo imagino. Agarro de nuevo el libro. Los liberales siguen hablando por TV.
(Nota del 23 enero 2026, 22:13 horas.) Jinete… polvareda… suelo. Llevo una semana de lectura de Carlos Fuentes y lo conozco por Artemio Cruz. Me impresionan los tres sujetos hablantes que el mexicano coloca en su novela: el YO, la voz del ataque, accidente o infarto de miocardio que lo hace estallar contra el vidrio en su dormitorio a los 71 años mientras observa con repugnancia y desagrado el arribo de los médicos en tanto su esposa y su hija se encuentran en estado de pura indiferencia… (Artemio nunca terminó de ser amado… nunca fue del todo querido… su esposa lo culpará por la muerte de su hijo Lorenzo). Por otro lado, la voz del TÚ, una especie de voz de resignación y resurrección que intenta escapar de este estado de muerte al que lo somete su propio cuerpo en la cama moribundo, antes de entrar al hospital y de salir de una habitación donde fluyen imperativos propios y ajenos como “te recuperarás”, “respirarás”, “verás todo de vuelta”, “cámbiate”, “vístete”, “no respires”, “cálmate”. El propio Artemio, el Artemio que obtuvo el vociferio elogiante del presidente municipal y el beneplácito de Puebla para convertirse en diputado de México, el Artemio del poder, el Artemio aclamado en razón de sus “méritos revolucionarios” y sus servicios al orden… ese, ese Artemio, verá como nunca el vaciamiento de su vesícula de una bilis segregada por el hígado que hallará la razón de su muerte en la arteria mesentérica encargada del funcionamiento de brazos, hombros y piernas, pero ahora entregada a una obstrucción sin retorno. Después está la voz de ÉL, voz de un sujeto reconstruyendo su vida con mirada retrospectiva, repasando la revolución, repasando la ambición: la primera vez que viera a Catalina Bernal, la hija del endeudado don Gamaliel, su futura esposa. El olor de los pueblos a pólvora y maíz que la guerra entre federales y villistas le va dejando en la memoria y en la parte de atrás de Sonora en el Alto México. También repasando a Regina, esa mujer de la cual Artemio estuvo verdaderamente enamorado y no ahogado como ahora con su esposa: esa de la que respiró su piel, su monte velludo, sus senos, su boca ancha, sus ojos finos. La piedra pegando en el agua y ella, Regina, que en el medio de una vida sin sentido y de una guerra sin valores se le aparece con la frase “desde que te vi, supe que dejarte pasar sería mi derrota definitiva”. Fuentes marca al lector, marca al amante: el amor de Regina pagará la culpa del soldado abandonado, dice en la página 182, editorial Cátedra. Es tan hispana la novela, que nunca soslaya su obsesión por la identidad mexicana. Mejor dicho, la no-identidad mexicana, la no-identidad americana. Porque México, América, quisieran ser como… como otros…, pero América no es española, no es inglesa, tampoco india, y Fuentes lo sabe porque retoma esos problemas en la piel del canalla Artemio Cruz. Artemio Cruz es un canalla porque es un hijo bastardo con padre ausente domado por el cura Sebastián (Artemio odia a los curas); pero sobre todo en razón de su atómico desprecio a las raíces culturales de su mundo. Como cuando sostiene que su hija (Teresa) y su esposa (Catalina) se quedaron con él para poder odiarlo plácidamente en la riqueza y no tanto codo a codo desde la multitud de pies hinchados, de esos millones que esperan autobuses en la esquina de una ciudad humífera, irrespirable, saliendo de un comercio y envolviendo paquetes, acumulando cuotas para pagar ilusiones: suspirando por un refrigerador, comiendo cacahuates, merendando afuera sólo una vez al mes… y lo peor de todo, creyendo en sarapes y Cantinflas o en mariachis y peregrinos de Santuarios y una Virgen que los mantiene vivos (pág. 189). Ser burgués, burgués latinoamericano, no lo salva de este asco.
(Nota II del 23 de enero de 2026, 16:44 horas.) Regina, el amor. Catalina, la esposa. Aquella, el pasado glorioso y perdido. Esta, el presente doloroso: el abandono, la indiferencia: la mujer que está con uno, pero a uno no lo ama. La guerra del amor que no termina, la revolución mexicana por otros medios. Un día su esposa decide hablar y poner en tela de juicio la moralidad de ese hombre que había matado a su hermano y engañado a su padre: es así de tal modo que no lo miró más. Lo mató en vida. Artemio y Catalina tendrán una última discusión durante el segundo embarazo, una discusión que conduce de lleno a la amargura dulce del matrimonio, ese donde los silencios libran las batallas más fatigosas y son tan mudas que envejecen duras hasta no poder ponerse en palabras. Artemio se abraza al silencio de la Venus en el cielo (pág. 216), para sobrellevar su canallada histórica aprendiendo a vivir con la mujer que decidió no amarlo de día ni de noche, la que eligió no ofrecerle ternuras, caricias, ni compañía… tampoco abrirle las piernas.
El primer huerto de Artemio Cruz expulsa un aroma inigualable de tejocote, ciruelo y guayaba (la misma fruta que obsesionaba a García Márquez), pero cuando la lluvia del divorcio inaugure la tormenta sin fin, Artemio sabrá que hubo dado paso a una ruta sin señales. ¿Se acostumbrará?, porque nada puede durar eternamente si no es por costumbre, dice Artemio antes de tomar a una india en reemplazo de su esposa que lo odia. Eso le dice a la nativa… que decirle que no a algo es sólo permisible para aquello que no podemos tocar con las manos. El patriarcado mexicano acecha como la identidad americana en su más nítido sentido. Que no te chinguen, que no seas chingado (follado, cogido, doblegado, engañado… esas son experiencias femeninas). Hay que chingar y ser fuerte y orgulloso, porque si no, al final, lo chingan a uno; porque si no, uno termina como pendejo que te rajan: lo rajado, tercera referencia literaria de Fuentes, esta vez, a la noción de lo femenino en Octavio Paz y su Laberinto de la Soledad.
En el ombligo, en los intestinos, de vuelta la comisión que hay que sacarles a los yanquis (a estos también hay que chingarlos). Artemio rememora la segunda etapa de su ambición, cuando se hizo con riquezas ajenas, cuando prometió repartija de tierras para luego fusilar a los revoltosos… o cuando combatió por Obregón contra sus ex compañeros villistas revolucionarios. Todo eso, mientras lo visita la muerte en la arteria mesentérica, la muerte… como ladrón en plena noche… que acecha en forma de caída contra el vaso de vidrio que dejó su ojo en compota. Fue la arteria… no no… fueron los brazos… no no, el YO indica claramente que se trata de la arteria mesentérica, la que Artemio descubrió el día del YO, ese día en el que se revela la verdad: no Dios, no la familia, no el amor. La verdad, la causa de la muerte, los médicos no la ven, pero el YO sí… es como un nuevo estado, es como 12 violines dirigidos por un orquestista silencioso pero milimétrico. Esa verdad me recuerda una cosa que Dios le dice a Moisés en el libro del éxodo cuando este tiene que hablarles a los israelitas: “decidle que hablasteis con YO soy”… eso es la verdad: un momento del yo, un momento en el que algunas voces o La Voz llega y lo devela todo y se va, pero nos queda adentro. Catalina nunca amó a su esposo. El YO de Artemio Cruz siempre lo supo.
(Nota del 3 de enero de 2026, no recuerdo bien la hora.) La pobreza es la condición del escritor. Parece ser así la cosa. Un acto anti natural por donde se lo mire. Harwicz sostiene que es un acto violento, filosófico. Todavía no desentraño la posición de Carlos Fuentes (aristócrata, burócrata, intelectual, encaja a contrapelo del boom latinoamericano). Vuelvo a Artemio Cruz, son mis primeras lecturas del autor. ¿De dónde salió este texto? No logro recordarlo. Sólo sé de una sugerencia. Olvidé el nombre, recuerdo la referencia. Era la revolución mexicana. De vuelta la TV y el Nuevo Orden Mundial… los liberales… los progresistas. No los entiendo. Parecen siempre europeos y yo soy argentino, americano, latinoamericano. La revolución argentina no existe… existe la revolución mexicana. Ese espejo difuso donde explotaron no sé cuántos años y cuántos siglos acumulados de rencor, bronca, negación, simulación, obligación de qué… de parecerse a otros, de no poder, de no saber, de no imitar al correcto, de odiar al ajeno, de abrirle todos sus brazos. De dejarse violar. Yo siempre vuelvo a México. Siempre me interesaron los borrachos, los que explotan de ira, los locos que hablan solos, las prostitutas que son como aliadas de la resistencia. Los desamparados del amor, los que pierden la memoria, los que andan solos porque quieren sentir los pies para saber dónde se pisa en el suelo barroso, fangoso, aburrido, explosivo de bombas yanquis para traer una libertad que siempre es promesa… ¿será eso lo americano? Perder la memoria, olvidarse, dejarse de curas, iglesias, pastores, evangelios, tener sangre india, arrojarse por espíritus chamánicos y mantras de putas soledades entre el hombre y la luna y algunos niños locos sin matemáticas que, mientras juegan con mujeres desnudas, éstas fingen ser sus madres y clávanse algo de la tierra que duele y duele cada vez más. Vuelvo a Artemio Cruz. Empiezo. Reparo. Inspecciono de arranque. Estados Unidos invadió Venezuela y Artemio Cruz arranca contando su muerte. Llega la noche y pocos edificios entran por mi ventana. Pocas luces parecen ser la condición de lo americano. Contrastan con la imagen del vecino del norte. Las detesto. Les cobraría comisiones a las luces, como hace Artemio Cruz con los yanquis. Los patéticos yanquis a quienes seduce la idea de un burgués mexicano que se opone a los comunistas, a los sindicalistas revoltosos que impiden que la mercadería llegue en buenas condiciones a la frontera. “Qué bueno que nuestros ideales coincidan con vuestros intereses”, les dice (¡qué poeta este Artemio!, negociante de ilusiones devenido en pastor de gringos) para convencerlos de dar el salto y mientras tanto, de a poquito, con la ayuda de Padilla, cobrarles comisiones a todos ellos por un envío de mercadería y en paralelo doblegar a palos a estos otros revolucionarios mexicanos que hablan de una revolución de la cual fue parte, pero que se “desvió” a la izquierda. Y la poesía de siempre, la posta, la poesía de este mundo nuevo que viene de la mano de Fulgencio Batista, y de un tal Trujillo, y de los dictadorzuelos que dependen de una revolución a la derecha como pide Estados Unidos para ordenar el mundo. Pero Artemio lo sabe, es olfático como Michael Corleone (cuarta referencia literaria de Fuentes, esta vez a Mario Puzo en El Padrino): Artemio juega con esos espejismos de la vieja gran burguesía sobreviviente, pero sabe que Castro y los revolucionarios cubanos darán un golpe de muerte a Batista. Él, igualmente, se hace rico comprando confianza y prometiendo más y más con ilusiones perversas a una clase que no encuentra sosiego. Se hace burgués con amabilidad, se hace respetable con fierros escondidos. Se hace a partir de las clases pre-revolucionarias y su esposa lo sabe. Su esposa no le habla. Su amor de verdad, Regina, ya no está. Está desamparado, pero rico. Está orgulloso, pero solo.
(Nota del 30 de enero de 2026, 17:38 horas.) Mi boca es un cenicero, pero se termina mi lectura de Artemio Cruz. Van 273 páginas con fervor y pasión para descubrir un Fuentes que no paró de seducirme. Seducir, qué forma tan amable de llamar a esta enfermedad de la lectura. ¡Qué cosa tan extraña el lector! Es como un paciente en eterna espera, quizá más antinatural que el escritor. No sé qué espera, pero no claudica, no sé qué pretende, pero no desciende. Está como esos familiares en un pasillo de hospital, mirando para abajo los pies de ese médico que pasa, y pasa un tanto lento, reñido, mal noticioso; pero que nunca se va. Es más duradero que el enamorado, pero igualmente sufre. Sufre porque se aferra a esa especie de ruido de sala de terapia o pre mortuoria donde intuye que alguien algún día vendrá y llegará para decirle ve, ve tranquilo, es tu hora, estás curado: diste todo, ya encontraste todo: absolutamente nada. Como el discurso de los liberales liberacionistas. Como el acuerdo Unión Europea-Mercosur, que duró exactamente 24 horas. Porque es el nuevo Orden Mundial. Es un Nuevo Orden Mundial. Más allá de la TV, más allá de las promesas. Más allá de las bombas y de Maduro con su traje naranja en la base naval de Nueva York o en la cárcel de Brooklyn. El mundo cambió, tiene el olor rancio del nacionalismo, pero al fin y al cabo tiene más olor. En el durante, se termina la novela, se termina Artemio Cruz. Repaso el momento en que Artemio se arroja plácido y puro con sus puros en ese mar de Acapulco con aquella chica alquilada, ¡y allí en sus narices lo engañan! Lo engaña esa chica de piel bronceada con ese estúpido cuerpo de actor de guía turístico del yate: es tan engañoso impedir que una mujer se entregue al amor de otro hombre, como el acto de apoyarlo. Artemio ya está viejo, tiene 71 años para cuando se le obstruye la arteria mesentérica. Esos recuerdos son de la época en que había empezado a dejar de mirar… mirar con amor… a la riqueza, a la ambición… al orgullo.
La revolución mexicana llega a su fin, pero en verdad no termina nunca. Las revoluciones siempre se traicionan o se descuelgan a sí mismas: eso pasó con los villistas y su guerra contra la división del norte. Los villistas dicen que son muchos años peleando desde que se levantaron contra don Porfirio, que la cosa está llegando a su fin, que esa gota termina por no beberse y entonces se agotarán los revolucionarios, sin saber hacia dónde o cómo seguirá la revolución. Los luchadores se agotan. Se cansan. Nadie pelea eternamente. No son como los lectores. En la prisión donde yace vivo Artemio Cruz antes de su ascenso social, hay un indio yaqui. Éste dice que primero pelearon contra Porfirio Díaz, después contra Madero y ahora contra Pascual Orozco. El indio y los villistas ya están cansados y Artemio Cruz lo sabe, olfatea el origen de su catapultamiento, de su canallada. Sabe que después de las revoluciones, los sentidos se des-alertarán, se aflojarán. Las viejas clases sociales serán domables, vendrá la guerra fratricida… la rapiña, el engaño… todo ese caos asemejable al infierno. Morirán los que hablaban de Dios, pero tampoco se consagrarán los admiradores del Sol. Morirán los patriarcas, pero emergerán nuevos. Las mujeres no serán más esas esclavas seductoras, pero pasarán a ser objetos nativos de la desconfianza. El mezcal cambiará de manos. El tequila se privatizará. Los que hablan de libertad, como Porfirio, seguirán hablando por TV (como lo hacen nuestros liberales). Y mientras tanto, Artemio, capturado por los villistas en el final de una revolución, será exhortado a hablar, a develar los planes de la división del norte, a aclarar el estado de la institucionalización carrancista, etc., etc. Pero Artemio es un canalla. Siempre será oficialista (orozquista ayer, maderista después). Sabe que Emiliano Zapata también perdió en el sur y se lo deglutió una revolución estallada e inconexa por sus múltiples demandas ancestrales para poder responder a la maldita pregunta imposible de saber qué es lo americano. En el calabozo está Gonzalo, el hermano de Catalina Bernal, su futura esposa. Gonzalo también era un hombre de Venustiano Carranza. Bigote rubio, según Fuentes. Artemio lo identifica como un delator (pág. 284) y comienzan otros pensamientos. Esos pensamientos. Fuentes abre así la misma escena de sospecha que Puig en El beso de la mujer araña (quinta y última referencia literaria que me permito). El compañero de celda de Artemio, Gonzalo, ahora es un enemigo. Artemio lo empieza a ver como el boquete por donde escapar. Y ya no hay que mirar al techo, ya no hay que insistir en escapar por las paredes.
(Nota del 2 de febrero de 2026, 19:06 horas.) Pozo de luz turbia, encantada, dispuesta; Carlos Fuentes me da esas tres definiciones inmejorables. Artemio Cruz siempre miró hacia adelante, como hacemos los americanos. El problema de no tener espejo retrovisor no es tanto desconocer las raíces difusas e impuras de nuestro ser, sino las características que en contrapeso vamos asumiendo como revancha de la negación: orgullosa, machista, soberbia, aséptica, simuladora. Hablamos de una libertad que aborrecemos. Hablamos de una democracia que no ejercemos. Somos igual de contradictorios que los liberales que hablan por TV. Quizá por eso nos caemos en estas ansias repentinas de recuerdo, como los mexicanos en esas noches de melancolía, como los argentinos a través del tango. Nos traicionamos a nosotros mismos y Artemio Cruz carga con una traición a su paso: carga con el indio yaqui y con el licenciado Bernal. ¡Qué cosa esta América! que no logra salir del infierno, que no da tregua a sus hijos.
Artemio sentencia una frase: “No hay mucha vida por detrás”, siempre hay que mirar hacia delante, siempre desconocer los nombres de la revolución, esos nombres que quedan en la Venezuela del 3 de enero invadida por Donald Trump. Siempre pinche meadera. A la mierda los ideales, a la mierda la liberación de los pueblos, a la mierda la democracia que no sabemos qué es, al calabozo los diarios que hablan del fin de las deudas campesinas. Es el momento de Artemio Cruz, que aún no lo encuentro en esta Venezuela, pero el amesetamiento tardío de la pos intervención o del nuevo orden mundial ya desentenderá la igualdad de oportunidades de los progresistas. Podrá emerger un nuevo Artemio, sí, pero no habrá revolución; podrá haber nuevos ricos, sí, pero no habrá libertad e igualdad, porque la revolución ya comenzó y está inconclusa. En caso de renacer, ese Artemio será conservador y será un canalla, será lo necesario para reproducir la rueda de lo que prometemos, pero no consumamos.
Es el final. Maduro será juzgado por Estados Unidos en la prisión de Brooklyn y las mujeres de Fuentes casi no tienen voz. En eso la literatura del siglo XXI dio giros positivos, pero la revolución bolivariana no llegó a su fin. Lo americano entró en otra fase. Sobre el final me pregunto si el lector, además de obsesivo persiguiente de una liebre que nunca habrá de captar, salvo por los colores verdoamarillos brillantes que en el reflejo de su lente dejen traslucir lo que hace el escritor, podrá tener la humanidad de ser indulgente o compasivo con el protagonista. Alguna vez leí que esta novela despertó debates contemporáneos en una América que decía estar llegando a su plenitud, a su final acabado: Artemio es sin duda un símbolo del drama de los países latinoamericanos que ansían un desarrollo que nunca llega, pero que mantiene vivo el reverdecer esperpéntico de los mitos fundantes o de las revoluciones purísimas contra el statu quo. Como diría Camín (2007), Artemio es el drama de vivir para morir, la pulsión eterna de sobrevivir contra la eterna verdad de la muerte, la petrificación de nuestros desarrollos (ayer liberal-agroexportadores, después nacional-proteccionistas, hoy neoliberales aperturistas, para después fracasar en finanzas sin suelo y volver al ciclo de promesas agropecuarias e industrialistas), poniendo en el tapete lo específico y genuinamente humano, y por ende fisurado, de esta América y como tal de Artemio Cruz, que quiere redimirse del fracaso de los valores, que quiere vivir a pesar de los errores y lo anti estético de su ascenso social. Personaje instintivo, machista, tiene el coraje de no mentirse y decirse la verdad en el lecho de muerte, en el infarto del mesenterio. Tiene el coraje de mirar la Revolución de frente y decirnos la verdad. Sacarla de los museos o de los apuntes académicos. Reconvertir las bombas que tiran los yanquis o leer la captura de Maduro como algo más que un secuestro para indignarse por la aberración de la soberanía o la violación de las normas internacionales de tal o cual protocolo. Artemio, es decir Fuentes, mira de frente. No les teme a los fantasmas. Sabe que su esposa no lo amó, que cruzó a caballo aquella mañana y que no puede con la muerte de su hijo Lorenzo. Que Regina fue fruto de una violación en una guerra sin sentido en el Alto Plano de Sonora, que las facciones de la revolución se habían dado cuenta del choque fatal entre la realidad y los absolutos celestiales de la igualdad, fraternidad… el reino de Dios en la tierra y cuanta cosa más: el mito estallado. Los hierros fríos del hospital. El pulso que desaparece de la muñeca y los vómitos que no cesan boca abajo buscando la porcelana. Se acaba. Se acaba la vida. La muerte es una gran luz. ¿Será ese el momento de lo americano? ¿Será llegar al final repasando las mil argumentaciones posibles para explicar la traición a uno mismo, a los valores de la Revolución con mayúsculas o de la Independencia con I? ¿Será llegar al final con la indulgencia de no ser españoles, de no reposar plácidos como ricos en sillones de damasco o de no ser indios del todo por calentar el café en hornallas industriales? ¿De justificarnos por no ser yanquis ni ingleses? ¿Será la falta o el momento tibio de indulgencia con uno para entender que sólo pudimos decidir sobre una historia tardía y no elegida? ¿Qué libertad y qué destino componen nuestro devenir, entendiendo que no son la misma cosa, si estamos acechados por el riesgo de emparentarlas sin cavar en sus significaciones? El día que cierren el continente, yo estaré leyendo La muerte de Artemio Cruz.

