
Espartano
Una flecha burló el casco del Espartano
y clavándose en la pupila
cantó en honor de la guerra.
Sobre la agonía
lamenta entre paredes de dolor
haberse acobardado en el final.
Cae el cuerpo en el campo de batalla.
La nube de veneno
es desplazada por maniquíes
cuyo lema reza: fuerzas del cielo.
¿Cómo caminan los ángeles del diablo?
¿De qué color se volvió la patria?
Las cotorras portan flechas que desconocen.
Parte el Espartano asfixiado,
un rocío lo levanta,
la armadura duplica su peso:
pamperos largos,
botines con puntas de acero,
chombas grises.
Reposa su cuerpo en la raíz
de un viejo árbol
que recorre los mares y tierras.
Espartano hace llorar a un dios
una lágrima suya es perla,
con la que construye Espartano
un tiempo de espera.
Apoya su cuerpo cansado
persiguiendo la caída de una hoja seca
que no impacta, que no ama,
que parte devaluada en callejones sin salida.
Una vieja pasa todo los días,
lo mira, lo observa descansando.
Espartano sabe que al traicionar
la repetición
se inaugura un nuevo destino.
Él está bañado de cipermetrina,
y mientras llora una guerra
coagulada en una imagen,
sonríe y quema la punta de la flecha
en el susurro de la locura y la muerte.
Ahora el herbazal eclipsa,
solo un rayo de sol
busca el agujero en la sombra.
¡Ese sol levanta a Espartano!,
incomoda su mirada,
su fantasma queda allí,
capturado en los paréntesis de una guerra,
donde el vaivén del irán
toma de testigo al fui.
Los fantasmas herejes de la Historia
no cesan,
y sutilmente piden guerra.
¡Piden guerra!

