
Acerca de la autorización: de la originalidad del análisis al análisis original
El psicoanálisis no es una ciencia. No tiene su estatuto de ciencia, no puede sino aguardarlo, esperarlo. Es un delirio, un delirio del que se aguarda que lleve a una ciencia. Es un delirio científico, pero eso no quiere decir que la práctica analítica llevará jamás a una ciencia.Lacan, Sesión del 11 de enero de 1974. (Inédito).
I.
¿Qué autoriza a un analista? Siguiendo a Lacan, podemos afirmar que el analista es un efecto de su fin de análisis, y es en ello en lo que se autoriza. Según esta propuesta, luego de la experiencia del dispositivo del pase alguien pasa de analizante a analista, aunque no tenga una formación específica en la teoría psicoanalítica. Los finales de análisis, en estas coordenadas, producen un analista virtual, lo cual implica que será contingente que la persona que concluye su análisis se dedique o no al psicoanálisis.
En Situación del psicoanálisis y formación del psicoanalista en 1956 ubica Lacan con mucha precisión que el modo de pensar el fin va a ser también el modo de reclutar; claro que en este contexto aún no había fundado su Escuela. La idea de reclutamiento implica un modo de pensar la participación al interior de la institución analítica. En el texto mencionado podemos encontrar una acentuada ironía respecto de la organización jerárquica de la Asociación Internacional de Psicoanálisis (A.I.P.), con Hartmann, Loewenstein y Kris en su conducción, quienes desarrollaron la “Ego Psychology”, teorización norteamericana que continúa con la obra freudiana pero orientando la lectura de la práctica clínica hacia un reforzamiento del yo, una identificación con el yo fuerte del analista y una integración armoniosa del hombre con la sociedad. También subraya la importancia que da Freud, en Psicología de las masas y análisis del yo, a los mecanismos por los que un grupo orgánico participa en la multitud y en ella se descubre y justifica la identificación del yo del individuo con una misma imagen ideal, “cuyo espejismo soporta la personalidad del jefe”. Si bien Freud plantea la lectura de las masas artificiales en referencia a la Iglesia y el Ejército, no hay que desconocer que con ese texto también nos está hablando a los analistas.
En el mismo escrito Lacan plantea cuatro figuras para pensar esta institución, que vive del padrinazgo de la obra de Freud pero que está profundamente desviada de su descubrimiento. Estas figuras son la Suficiencia, los Zapatitos, los Bien-Necesarios y las Beatitudes. La Suficiencia es el grado único de la jerarquía “en donde la democracia no conoce sino amos. La Suficiencia pues está en sí misma más allá de toda prueba. No tiene que ser suficiente para nada y no tiene nada que decirse”. La Suficiencia se transmite por reproducción imaginaria, ya que no hay una disposición de ley sanguínea para su transmisión. La entrada en la comunidad de los analistas de la A.I.P. está sujeta al análisis didáctico, y es en el círculo de los didactas donde nació la teoría que hace de la identificación con el yo del analista el fin del análisis. “No somos nosotros aquí quienes emitimos un juicio; es en los círculos de los didactas donde se ha confesado y se profesa la teoría que da como fin de análisis la identificación con el yo del analista.” Por otro lado está la nominación de Zapatitos, a quienes siempre les aprietan los zapatos y en ese hecho manifiestan una suficiencia velada, por no ser una Suficiencia. Los Bien-Necesarios son aquellos que toman nota del uso de la palabra y apelan a poblar el silencio con su discurso. Hacen preguntas que se muestran superfluas para que eso le baste al resto de la institución. El fin de las Beatitudes es alcanzar la satisfacción de la Suficiencia, son sus portavoces.
Lacan ubica que, más allá de la A.I.P. y del análisis dual que ella plantea, el único modo que tiene de sobrevivir la obra de Freud es retornar a su sentido primero, es decir, a la determinación simbólica en la que la verdad es tomada de la letra, se trata ante todo de la sintaxis en el sentido de que es esta la que cifra el inconciente. Los efectos que produce esta obra se ejercen del texto al sentido.
Siguiendo con las ironías y críticas a la A.I.P. dice en El psicoanálisis y su Enseñanza, un año después: “la extraordinaria cacofonía que constituyen actualmente los discursos de sordos a los que se entregan en el interior de una misma institución unos grupos […] que no se ponen de acuerdo entre ellos sobre el sentido de uno solo de los términos que aplican religiosamente a la comunicación como a la dirección de su experiencia”. Y también: “He aquí pues la organización que obliga a la Palabra a caminar entre dos muros de silencio, para concluir las nupcias de la confusión con la arbitrariedad.”
Esto conduce a un modo de reclutamiento basado en el modelo del alta médica, lo que conlleva la idea de “cura-tipo” y, con ella, la apelación a algún ideal de cura, al modo de un emblema fálico. Si quien pone el corte es el analista, será el ideal de este el que responda. Esto es lo que sucedía en la A.I.P., como venimos diciendo. En contraposición con esto, Lacan inventó el dispositivo del pase para formalizar el fin de análisis, del cual intentaremos situar algunas coordenadas.
Si la experiencia del análisis tiene algo que poner en escena, es que lo queramos o no, lo desconozcamos o no, toda experiencia de la práctica del psicoanálisis remite siempre al análisis original que permitió inventar la originalidad del método freudiano gracias al abandono de la neurología. De experiencia única a situación original. Esta escena es la relación transferencial de Freud con Fliess. Ubicar esto no es meramente un pasaje histórico o anecdótico, hace a los fundamentos del psicoanálisis, ya que fue en esta relación transferencial en la que Freud se autorizó.
II.
En la Proposición del 9 de octubre de 1967 sobre el psicoanalista de la Escuela Lacan retoma un texto de Octave Mannoni, El análisis original. Nos plantea ahí Mannoni que el verdadero original solo puede ser el segundo (Freud, en este caso), por constituir la repetición que hace del primero un acto, pues es el segundo el que introduce el après-coup propio del tiempo lógico, que se marca por el hecho de que el psicoanalizante pasó a psicoanalista. Es la repetición la que permite leer la producción de un acto en su retroactividad.
El pase es un dispositivo que inventa Lacan a los fines de recoger el testimonio de un fin de análisis, mediante el cual un analizante que lo desee, en adelante “pasante”, pueda pedir ser nombrado con el título de Analista de Escuela (AE). Para eso, otros dos analizantes, en adelante “pasadores”, le llevarán el testimonio que escucharon de este pasante al jurado de agregación, conformado siempre por Lacan entre otros. La manera de reclutamiento que Lacan deseó implica que estos dos pasadores sean convocados por sus analistas sin que hayan pedido participar del dispositivo.
Plantear el problema del pasaje de analizante a analista necesariamente implica pensar el resto que queda de la caída de la experiencia de un análisis, y la problemática del duelo en la cual está centrada el deseo del analista. El duelo de que ningún objeto tenga más valor que otro. Sólo desde esta posición se podrá sostener una práctica de lectura que no esté comandada por el ideal del analista.
“El psicoanálisis se constituye como didáctico por el querer del sujeto, este tiene que estar advertido de que el análisis pondrá en tela de juicio ese querer, en la medida en que se acerque a ese deseo que encubre.” En esta referencia del Acto de fundación podemos leer con claridad la posición de Lacan respecto del “análisis didáctico”; para él todo análisis será didáctico en tanto no diferencia uno específicamente “terapéutico”. La A.I.P. en cambio sostiene por un lado el dispositivo del análisis personal y luego otro que es específicamente “didáctico”, es decir un análisis a los fines de autorizarse para poder practicar posteriormente. Una vez más el problema que pone en escena esto es la autorización. ¿Autoriza el didacta?
III.
El modo que tuvo Freud de inventar su método, mediante la regla técnica fundamental, la asociación libre y su contrapartida, la atención parejamente flotante, no hubiera podido producirse sin la experiencia de la transferencia con Fliess, “mi otro yo”, como solía llamarlo.
El resto transferencial que queda de Fliess podemos ubicarlo en la mala operación a Emma (Irma), en la que no advierte un buen trozo de gasa yodoformada que le produce una grave infección. Freud le escribe: “Nosotros así le hemos hecho un gran daño. ¿Cómo pudo ocurrirte esta desgracia? ¿Qué pensarán los demás?” Se preocupa más por la imagen de Fliess, y asume ese nosotros cuando el que tuvo el error fue Fliess. Freud debió hacer el duelo por esa amistad. Mannoni ubica que el momento en que Freud manda a Fliess el Proyecto de psicología para neurólogos es cuando renuncia a esos manuscritos (no le pidió que se los devolviera)… Tal vez se trataba para Freud de otro Proyecto, es decir de la inauguración del psicoanálisis, ya que se encontró con el saber de la locura, a diferencia de Fliess, quien enloqueció de saber.
El modo de producir en psicoanálisis marca el camino de la transferencia a la interpretación y de esta última a la teorización. El psicoanálisis se apoya en ficciones. Freud se separó de Fliess definitivamente en 1907, tal como lo expone Strachey en una nota al pie de Psicopatología de la vida cotidiana tomando referencias de la biografía de Jones. Freud ubica que por “motivos egoístas” discrepa de la teoría de su amigo, según la cual se pueden calcular los períodos de la vida humana. Estos motivos egoístas refieren al incumplimiento del vaticinio de Fliess, quien anunció la muerte de Freud a sus 51 años, tras lo cual este último decidió eliminar este pasaje del texto. Su ciencia siguió siendo delirante, por razones transferenciales, y Freud tuvo la fortuna de poder creer en eso, según nos dice el texto de Mannoni. Tres teorías toma Freud de Fliess: la periodicidad sexual para pensar la superstición y la muerte a propósito de la noción de repetición, la bisexualidad de los seres humanos y las neurosis nasales.
El delirio de Fliess no sólo está planteado en relación a sus teorías, que leídas detenidamente implican la posibilidad de responder a todo de manera omnisciente. Los sueños para él responden a un patrón macho o hembra si concuerdan con períodos de 23 o 28 días respectivamente, y esta teoría resulta universal. Lee esta periodicidad como una clave de la naturaleza. En su texto Relaciones explica esto de la siguiente forma: “No están limitados a los hombres, sino que se extienden al reino animal, y probablemente a todo el mundo orgánico. La maravillosa precisión con la cual los tiempos de veintitrés y veintiocho días son respetados, permite suponer efectivamente una profunda participación de las relaciones astronómicas en la creación de los organismos. Estas cifras no las invento, las encuentro en la naturaleza.” Más allá de esta “hermosa paranoia”, como la calificó Erik Porge, en su pelea con Freud Fliess llega a querellas no sólo de plagio o “robo de ideas”, sino que acusa a Freud de intentar asesinarlo en el monte Achen. Sugerimos a este respecto el análisis de Porge [1] sobre el estilo de Fliess, donde logra leer la relación entre su posición enunciativa y su delirio científico.
En una carta a Ferenczi del 6 de octubre de 1910, Freud le dice: “Usted habrá observado que ahora ya no experimento ninguna necesidad de develar totalmente mi personalidad […] después del asunto Fliess esa necesidad ha desaparecido. Una parte de la catexia homosexual se ha retraído y ha sido utilizada para el engrandecimiento de mi yo. He triunfado en el mismo punto en que fracasa el paranoico.” Este fracaso del paranoico alude específicamente a las disputas y querellas con Fliess. El análisis tiene un doble origen. Por un lado lo que aprendió de sus maestros, Charcot, Breuer y Chrobak, de quienes podrá hacer hipótesis, teorizar. Esa es la vía que marca Masotta en Sigmund Freud y la fundación del psicoanálisis: “en el comienzo fue el encuentro de un médico con una histérica”. Pero la vertiente que intento plantear en esta ocasión es la de pensar el resto transferencial que queda de la caída de Fliess. En eso es en lo que Freud se autoriza. En esta misma vía podemos pensar el abandono de la hipnosis. Cuando Bernheim, su maestro en relación al método hipnótico, no logró hipnotizar a una paciente, Freud se decidió a abandonar ese método debido a su naturaleza mística y unos años después, en el caso Elisabeth von R., cobra “confianza absoluta en su técnica”.
IV.
Mannoni ordena esto de la siguiente forma: “Con Charcot, Freud había aprendido a identificarse con el paciente. Lo que aprendió junto a Breuer fue que este no sabía nada más que lo que su paciente podía enseñarle. Lo que había de aprender ‘DE’ Fliess era que el paciente aprende todo lo esencial de la transferencia misma.” En Esquema del psicoanálisis Freud plantea: “El paciente jamás olvida lo que ha descubierto en la transferencia. Este descubrimiento tendrá mayor fuerza de convicción que cuanto haya podido adquirir por cualquier otro medio.”
El análisis original pone en escena que es ante todo otro saber, se trata de las vicisitudes del deseo inconciente. Esto concierne directamente al problema de la praxis y de la transmisión del psicoanálisis. Se trata de leer qué relación se establece al saber inconciente. Este saber nace de una situación transferencial, se produce cuando el otro no lo da. De acá la importancia de pensar el saber supuesto a un sujeto que es la puerta de entrada al análisis. En este punto la elección del analista no es algo menor, no será lo mismo buscar una referencia que tener que elegir de una lista de didactas, al modo de la A.I.P. El destino de este saber supuesto es su caída.
Podemos leer el fracaso de la experiencia del pase en el hecho de que Lacan (en su “deseé otra forma de reclutamiento”) nunca pudo correrse del jurado de agregación. “Si hay alguien que se lo pasa pasando el pase, ese soy yo”. Ante esto, se produjo una escisión hacia enero de 1969 y François Perrier, Jean-Paul Valabrega, Cornelius Castoriadis, Piera Aulagnier, entre otros, fundan un cuarto grupo, Organización Psicoanalítica de Lengua Francesa (O.P.L.F.), y se van de la Escuela Freudiana de París (E.F.P.), argumentando que algunas experiencias de pase duraban cuatro entrevistas y otras cinco meses, denotando los intereses políticos e institucionales que se inmiscuían en el problema del dispositivo del pase y la hegemonía que tenía Lacan en estas decisiones. En el primer número de la revista Topique, fundada por la O.P.L.F., Piera Aulagnier le imputa a Lacan “la institucionalización de la jerarquía […] quienes criticaron con la mayor pertinencia ese estado de cosas a su vez tropezaron con escollos igualmente graves”. En el proceso de crear los títulos, la escuela se encontró con graves contradicciones, ya que estos resultaban muy semejantes al funcionamiento de la A.I.P.
Esta discusión es difícil de plantear al interior de cualquier escuela o institución analítica, ya que actualmente en muchas de ellas se sigue realizando el dispositivo del pase. Lacan, en 1973, en Sobre la experiencia del Pase dijo: “el pase, eso no tiene nada que ver con el análisis”. Cuando se estandariza la formación por la que pasan los analistas, sea el pase o el análisis didáctico, la autorización se vuelve un sistema. Es en este punto en que podemos leer que el pase estaba destinado a fracasar. Si se reduce la pregunta por si hay o no analista a un sistema de burocracias, ¿dónde queda el acto de la autorización? ¿Hay un Otro garante?
V.
Acá podemos ubicar la discusión con Valabrega, quien planteó la pregunta: ¿No sería pervertir el sentido de la experiencia analítica que no-analistas puedan llevar adelante el análisis? Justamente la idea de Lacan con el pase fue poner a los no-analistas al control del acto analítico. Esta fue su respuesta, ya que los pasadores del testimonio al jurado de agregación son analizantes. Lo importante de subrayar es el modo novedoso de recoger el testimonio. Si seguimos a José Attal, podemos leer dos formas de pensar el testimonio, por un lado el intencional, que remite necesariamente a la creencia: me cuentan algo, ¿creo en eso o no?, y por otro lado el testimonio inintencional, que remite a un saber. Por ejemplo: alguien escucha una conversación que acontece sin que sepan de su presencia, ahí queda descartada la pregunta por la intencionalidad de la verdad o la mentira. La experiencia del pase logra poner en escena que es el testimonio mismo el lugar donde se produce la experiencia, al igual que el sueño se produce en su relato. El pase apela al testimonio inintencional.
Sabemos que en la E.F.P. había miembros que no venían específicamente de una formación médica, psiquiátrica o psicológica, sino que en ella participaban teólogos, filósofos, historiadores; a esto se alude con los “no-analistas”, sería una locura creerse quien se es. “Si un hombre que se cree rey está loco, no lo está menos un rey que se cree rey” [2] . La fragilidad ontológica es importante de señalar, ya que la idea de Lacan, que por otro lado es sumamente actual, es que poner a los no-analistas al control del acto analítico permite una exogamia mayor respecto del campo analítico. Se trata en este punto del psicoanálisis en extensión.
Valabrega, con su segregación de los no-analistas, no plantea otra cosa que preservar el cuerpo de didactas de la escuela como un comercio, ya que solo los AE podían integrar el jurado de agregación. El problema que recoge esta pregunta es el de cómo un analista cae de su investidura fálica, en tanto de-ser (desecho), queda Sicut palea —como estiércol—. El pase ha suscitado a lo largo de la historia del movimiento analítico, desde que fue planteado, un brillo narcisista al modo de titulación, ya que “la Escuela garantiza que un psicoanalista dependa de su formación” (el subrayado es mío). En 1973 Lacan modula esta expresión de 1967, planteando que “Nunca hablé de formación analítica, hablé de formaciones del inconciente […] No soy formado, soy producido”.
Esto resulta indispensable plantearlo ya que el modo en que sostengamos la posición desde la cual escuchamos tiene que estar tramado, si se trata del psicoanálisis, en ese “se produce cuando el otro no da”. En esto el análisis tiene efecto, ya que se trata de ese punto irreductible, la transferencia.
“Por nuestro acto le abrimos al sujeto el camino al invitarlo a que se asocie libremente (lo que quiere decir: que los haga amos) a los significantes de su travesía. Esta producción, la más loca por no ser enseñable, como lo experimentamos por lo demás, no nos libera sin embargo de la hipoteca de saber.” En esta referencia de Alocución sobre la enseñanza podemos pensar cómo la noción de hipoteca implica, en su etimología, una garantía colocada debajo, en tanto fundamento. Esta hipoteca de saber es intransmisible, la experiencia del pase se funda en intentar transmitir formalmente lo que sucede en un fin de análisis, pero, como ya vimos, este dispositivo fracasó.
Dos años antes de su muerte, en el noveno congreso de la E.F.P. sobre la transmisión (1979), Lacan plantea que llega a pensar que el psicoanálisis es intransmisible y que eso es bien fastidioso. “Es fastidioso que cada psicoanalista sea forzado —ya que hace falta que sea forzado— a reinventar el psicoanálisis”. El psicoanálisis es la tercera de esas actividades imposibles junto a educar y gobernar. Al decir de Ortega y Gasset: “No hay razón alguna para no intentar aquello que, pareciendo imposible resulta necesario.” Que sea intransmisible no implica que no insistamos en ese imposible.
VI.
Para pensar la autorización del analista, vemos que no es el terreno más propicio una Escuela de Psicoanálisis por las dificultades y contradicciones que esto conlleva, como ya fuimos planteando a lo largo de este recorrido. Por otro lado podemos ubicar las habilitaciones que dan los títulos de psicólogos y psiquiatras, en relación a las incumbencias de sus prácticas. Esto resulta una exterioridad interesante para pensar la autorización, ya que se llega al psicoanálisis sin el brillo fálico de ser nombrado o titulado. Tal vez las universidades sean un mejor modelo de Escuela por no ser una escuela… Quizás en Vincennes, escribía Lacan cuando se inauguró el departamento de Psicoanálisis en la Universidad de París en 1975, podemos pensar una suerte de pase heteróclito, sin garantías y sin burocracia institucional, ya que el encuentro con el psicoanálisis será contingente. No con sus textos, que podrán ser parte del contenido curricular, sino con la mordedura de Freud: “para constituirse en analista, hay que estar muy mordido; mordido por Freud principalmente, es decir, creer en esa cosa absolutamente loca llamada inconsciente”
[3]
. En la sesión del 9 de abril de 1974 Lacan plantea que el analista, autorizándose por él mismo, no puede por ello más que autorizarse también por otros. Estas instituciones propician el encuentro con esos otros.
Si algo nos muestra la autorización de Freud con Fliess es la contingencia en la que se produce esta experiencia única que deviene situación original. Toda autorización está marcada por el acto de una caída, el Otro (Fliess, Bernheim) ya no es garante y ante eso aparece la inventiva. “La verdad puede no convencer, el saber pasa en acto”
[4]
. Si el Otro autoriza, e incluso garantiza y responde, ¿cómo habitar la posición de quien está destinado a caer? ¿No será momento de interrogar las garantías?

