
Hablo de Germán García
La literatura, como la vida, nos acerca a los demás. Talleres de escritura y grupos de lectura no son más que gente hablando de ciertas cosas y teniendo ciertos gustos o buscándolos. La comunión que cualquier laico se puede permitir y a la que la literatura, como obra de arte, invita. Primero la lectura y verse a uno mismo; después los otros y todo lo que sigue. ¿Qué sigue? Tal vez encontrarnos con alguien que, más que recomendar una lectura, parece que la pide: ¿qué hacemos con esa invitación a ver qué pasa? Esto hace Germán García como psicoanalista y como escritor, y como argentino cuando lee a Macedonio Fernández.
En su Manera de la psique sin cuerpo dice Macedonio Fernández que “no nos duele la mano sino en el cerebro”. Aunque tampoco en el cerebro, porque lo que nos duele no se localiza en ningún lado (!) y pensar en localizar el dolor es como una falsedad que nos engaña sin querer. El dolor no puede separarse del tiempo porque lo que duele está en “un antes y un después de tal o cual otro estado psíquico”.
Me gusta pensar que Macedonio Fernández va en contra de las ideas freudianas porque lo hace de la única manera interesante posible, la del humor. De cualquier manera, Freud habla del cuerpo libidinal y tal vez esta es una forma un poco macedoniana de pensar el cuerpo. El cuerpo libidinal tendría una relación entre amorosa y extraña con el tiempo, la historia, los anhelos del futuro y la represión. Si, como dice Freud, en el inconciente no hay tiempo, quizás este punto los reúna. Que se lea la obra literaria de Macedonio parecía ser una especie de objetivo que tenía Germán García, ¿por qué lo quería tanto?
Esta pregunta, de alguna manera, da vueltas como alrededor de una calesita que no se sabe a qué tiempo pertenece. Como en toda calesita, el señor con la sortija siempre parece gritarnos algo y, si tenemos suerte, en cada vuelta vamos anotando una letra más de su mensaje. Lo importante de la escena está en el niño que, en el momento en que la saca —como en el cortometraje El amigo de Leonardo Favio (1960, su debut como director)—, se pone contento y quiere algo más. Otra vuelta o cualquier cosa, pero es seguro: está contento. Conoce la alegría no solo de conseguir algo, porque esa sortija encierra un encantamiento acerca del afán de la vida y aún más: la sortija es ese anillito que perseguimos y que, teniéndolo o no, se nos puede perder.
Macedonio Fernández pierde algunas cosas. Pierde, sobre todo, a su mujer, Elena, a la que llama Elena Bella Muerte en un poema hermoso en el que dice: “¡Oh! Elena, oh niña / por haber más amor ida / mi primer conocerte fue tardío” o “Yo sabía muerte pero aquel partir no”. No entendemos, nunca, cómo la pierde. Quiero decir que no es que no entendamos su muerte (aunque la muerte nunca deja de ser bastante imposible de entender) sino que su pérdida parece estar teñida de algo eterno, un sueño feo o un sueño del que, simplemente, no se puede despertar. El año de ese poema es 1920 y es el mismo año en que Macedonio inventa su candidatura presidencial. Estas son cosas que no se pueden olvidar de un personaje así; tal vez nos acerquen a la manera en la que Germán García quería que lo escuchemos decir: lean a Macedonio Fernández.
Cuando dice que la localización del dolor solo puede ser temporal, Macedonio Fernández hace una cosa muy común y extraña a la vez: ese tiempo del que habla (“…un antes y un después de algún otro estado psíquico…”) nos pide que nos mantengamos en el Misterio, al que escribe con mayúscula pero no por snobismo sino por alguna verdad que no sabemos si esconde o qué. Puede ser el Misterio de la psiquis, el de la niñez, el de la muerte, el del Deseo, el de la Satisfacción, el del Principio y también el del Fin. Hay un Misterio macedoniano que nos espera cuando sacamos la sortija.
Borges creía que Macedonio Fernández era mejor conversador que escritor y Germán García le llevaba la contra (aunque no lo conoció conversando sino que lo leyó). Atrás, adelante y por todos lados alrededor de esta sospecha de García está el anhelo de hablar de Macedonio. Así se llama el libro con el que empieza, de alguna manera, la operación que hace García como arriba de algún caballo, avión, tren, taza, auto, elefante o cualquiera de los asientos de la calesita de la melancolía de la que la literatura macedoniana escapa y en la que vuelve a entrar una y otra vez, como en un prólogo de prólogos, como en una autobiografía imposible, intelectual.
Hablan de Macedonio Fernández es un libro importante para hacer algo con esa comprensión que Lacan define así: “comprender es siempre adentrarse dando tumbos en el malentendido”. Porque en este libro Germán García encuentra datos biográficos o, dice en una entrevista que le hacen Horacio González y Eduardo Rinesi en El ojo mocho N°5, “encontré datos y cosas”. Me parece que esas cosas se resumen en esto que cuenta, hablando de que Macedonio Fernández “le quiere discutir a Freud desde la teoría del humor” y de que, irónicamente, uno puede meter estas cosas en el psicoanálisis. Termina, entonces, por decir: “…además realmente Macedonio era así, era un tipo que en los menús, cuando se juntaban todos los que habían estudiado con él (…) lo ponían muerto, porque no lo veían desde hacía treinta años. Y Macedonio decía: me encanta estar acá, con ustedes, y muerto en este menú”.
Alguien perdido de su clase social, ausente en un chiste eterno sobre el amor que no lo visita más, que compraba masas en una confitería por Maipú y Lavalle para guardarlas en un armario y apilarlas y seguir guardándolas, que íntimamente cuenta sus ausencias y que está fuera de tiempo; alguien así, diría Germán García, léanlo.

