
Lo desafiante en la contratransferencia
Este ensayo se nutre de mi experiencia en un centro educativo terapéutico. El paisaje de dicha institución suele ser heterogéneo: psicología, psicopedagogía, fonoaudiología, psicomotricidad, educación física, arte y musicoterapia (entre otras) se entrecruzan en intervenciones, diálogos y cortocircuitos. La población está compuesta por niños, niñas y adolescentes enmarcados en el llamado campo de la discapacidad. Y muchas veces, aunque no siempre, el trabajo se realiza en duplas: dos terapeutas con varios usuarios. Las escansiones de dicha labor son trazadas por los talleres.
Me voy a detener en un episodio clínico con un usuario cuyo comportamiento podría clasificarse, según el CIE-10, como trastorno disocial desafiante y oposicionista (nombre que no deja lugar a dudas). Este “trastorno” es un hueso difícil de roer, pues implica un grado de hostilidad tal en la transferencia que fácilmente deriva al plano especular: me desafía, lo castigo. Pero no se trata aquí de desestimar lo imaginario sino, más bien, de tomarlo como índice para extraer de la reiteración agobiante —del fenómeno del usuario y de la reacción del terapeuta— un hallazgo que habilite una maniobra eficaz.
Quiero ser enfático en este punto: sin servirse de la contratransferencia, difícilmente haya análisis. Y vaya si hay contratransferencia a la hora de lidiar con el desafío compulsivo en el que es típico el bucle entre la oposición del usuario y el fastidio del terapeuta. El asunto no es no agobiarse, lo que sería un mandato moralista y por ende hipócrita, sino encontrarle a ese fastidio un contraste, una interpretación que lo tome por sorpresa. Y lo paradójico es que ese contraste se extrae de la misma compulsión que parece ufanarse en impedirlo y de la resistencia que provoca en el terapeuta.
Ahora bien, ¿en base a qué distinciones pueden ceder las pasiones contratransferenciales? ¿Qué acto hace surgir el análisis valiéndose de la resistencia? Porque es por no renunciar a la vanidad que se actúa desde la omnipotencia y, así, se le exige tozudamente a alguien que ceda una satisfacción ruinosa. ¿Por qué lo haría? ¿Por amor? Es al revés, es por una cesión del terapeuta que podrá haber luego una cesión del usuario. Y esa cesión toma valor de la contratransferencia, allí anida su clave-llave.
Me gusta pensar que algo similar tenía Freud (2012) en mente cuando en Observaciones sobre la teoría y la práctica de la interpretación de los sueños (1923 [1922]) presentó —en torno a los sueños de deferencia
[1]
— la parte positiva de la transferencia como lo que presta auxilio a la compulsión de repetición. Uno de los fines del análisis sería entonces establecer una alianza entre el trabajo solicitante de la cura y la compulsión. Pacto que, inevitablemente, va a quebrarse porque la compulsión, en su núcleo, es rebelde (p. 119- 120). Pero sin este campo de alianza quebrantable, de pacto incumplible, no hay análisis.
Presento el episodio clínico que acompasa esta exposición.
Belisario es un adolescente que se inscribe en el llamado campo de la discapacidad. Junto con una psicopedagoga éramos sus referentes de sala en la mencionada institución. Una de las primeras impresiones que nos dio es que todo intento de aproximación a los fines del jugar derivaba en rechazo activo, nos giraba la cara. A la vez reiteraba incansablemente una acción: tras retirarle la atención por un breve lapso, comenzaba a arrojarnos tijeras, fibrones, etc. Este comportamiento motivaba constantes deseos retaliativos ya que no había reto, tono de voz o amonestación que lo hiciera mermar. Nos encontrábamos una y otra vez con la impotencia de la intervención, con la ceguera ante el fracaso de nuestra omnipotencia.
Hasta que un día la psicopedagoga tuvo una ocurrencia maravillosa. A diferencia de otras veces Belisario comienza a lanzarnos trozos de papel por una contingencia, era lo único que tenía a mano en ese momento. La psicopedagoga, en vez de retarlo, hace bolitas y se las arroja con tono juguetón. Acto seguido, se arma un juego de bombardeos y resguardos. Luego de esta otra escena comenzamos a jugar a la guerra una vez a la semana.
Aquí volvemos al campo de alianza quebrantable. Fue por jugar la compulsión que fuimos encontrando, junto a Belisario, compensaciones, elementos discretos que tornaron finita dicha compulsión. Pero para habilitar esto fue necesario, antes, una ocurrencia analítica que interpretara y transmutara el sentimiento contratransferencial. Algo que hiciera de la fuente de ese afecto —la horrorosa pasividad de ser objeto de la agresividad y el deseo retaliativo subsiguiente— un juego, pero sin despreciar ese horror y ese enojo, más bien en tensión con ellos.
Así fue que, en cada vuelta, se fueron sumando cesiones que configuraron una discontinuidad inaugural y, como efecto, una superficie continua. Lo primero fue que cambió las tijeras y los fibrones por granadas de cartón. Tomamos las bolitas de papel y les dimos más cuerpo y, al hacerlo en un juego, el cuerpo de Belisario adquirió mayor consistencia
[2]
. Su rostro y el nuestro se tornaban risueños en los momentos en los cuales juntábamos y lanzábamos las granadas, como si descubriéramos una satisfacción sádica inofensiva, retornable, divertida. Por ello, junto a su cesión, asomaba la de los terapeutas ya que participábamos con gusto del juego, burlando la necesidad de castigo. Devolver inofensivamente el ataque nos hacía compañeros de juego.
Luego nos percatamos de que la disposición preestablecida de los elementos en el espacio no hacía andamiaje. Como alternativa diseñamos un montaje: dos equipos con banderas y una hilera de mesas dividiendo la sala y separándolos. Esta cesión permitió distinguir lugares e hizo frontera, ya que Belisario respetaba gustoso ese límite.
En otra ocasión, al notar que no registraba los tiempos del juego, introdujimos una marcha ceremonial al comienzo y otra al final. No va de suyo que estén incorporados los tiempos del juego (despliegue, juego propiamente dicho y repliegue); por ende, hay que ingeniar ritmos que el usuario pueda acompasar, aunque sea defectuosamente. Este fue uno de los puntos más duros de aliar con la compulsión ya que Belisario se apresuraba por comenzar y se negaba a terminar. De todos modos, con el correr de los días, pudo tomar algo de este ritmo.
En otra oportunidad, ante la sobreexcitación por la descarga constante que le implicaba arrojar (verbo primordial del juego), diseñamos un suplemento: una bolsa portagranadas como lugar de carga. Este espacio tenía un destino, no era para cualquier cosa. Otra vez, su compulsión tuvo que ceder para ordenarse y, al hacerlo, se fue desplegando una superficie continua, momentos de preservación.
Con el pasar de los días el tono de Belisario pasó a ser otro, puesto que, fuera del juego, arrojaba menos. ¿Qué posibilitó esta transformación? Antes que nada, la ocurrencia juguetona de la psicopedagoga, quien, en lugar de demandarlo, lo invitó a jugar. Esto fue un hallazgo que generó en mí un efecto interpretativo, dado que el contraste entre el fastidio y la dicha reanimó el deseo de análisis, operando una cesión sobre la vanidad punitiva. Desde ese fundamento comenzó a ser factible promover un sujeto.
En resumidas cuentas, puede afirmarse que la transformación solicita el re-hallazgo y que, para ello, es preciso reparar en el resto que deja tras de sí la repetición (que no es pura, está abierta a la contingencia). No obstante, para que haya resto y reelaboración es indispensable analizar la contratransferencia, asociarse con la resistencia. Sólo así, y en el mejor de los casos, el sentimiento contratransferencial toma su valor como índice de por dónde puede andar el objeto. Al comienzo de este caso éramos los terapeutas objeto de sus mociones hostiles, fue después de la maniobra juguetona que dicha hostilidad se transformó al hallar satisfacción dentro de una superficie de juego.
Ahora bien, ¿bastó con señalar, una y otra vez, el fastidio que provocaba la reiteración? Pues no, hizo falta contrastar ese sentimiento con una ocurrencia analítica, inesperada, para luego montar sobre ella una acción específica. Que Belisario haya arrojado trozos de papel fue una contingencia, así como fue un hallazgo la ocurrencia analítica de la psicopedagoga. Pero que sobre esto se haya montado un juego en alianza quebrantable con la compulsión, lo torna acto analítico.
Referencias
- Freud, S. (2012) Observaciones sobre la teoría y la práctica de la interpretación de los sueños (1923 [1922]), en Obras Completas Tomo XIX. Buenos Aires. Ed. Amorrortu.

