
Lo real es lo imprevisible.
Y lo imprevisible define el tiempo.Pascal Quignard
La lectura rota
Insistir en la pregunta sobre la lectura permite, por un lado, teóricamente, sostener la posición tendiente a anudar los conceptos del fundamento del psicoanálisis con la práctica analítica y, por otro lado, políticamente, gestar el trabajo por resistir a la codificación del cuerpo teórico del psicoanálisis que vuelve sagrados ciertos pasajes que se tornan axiomáticos y no hacen más que conducir a la abolición de la lectura.
El acontecimiento de la fundación del inconsciente freudiano inaugura el reconocimiento de una pérdida insoslayable que instituye un no saber en el fundamento. Este no saber se vuelve insoportable ―incluso para los psicoanalistas―, gestando un no querer saber nada de eso imposible de saber, como resistencia a andar por las aguas del desconocimiento del origen, del descentramiento del sujeto, de la fisura del cuerpo, de lo inefable de la palabra.
Aquella pérdida insoslayable sólo es susceptible de ser parcialmente concebida desde la palabra en relación a cierto lapso anterior en el que, ante la no respuesta del Otro, el sujeto no puede más que ligarse a la dimensión significante como orden que lo salva y lo enferma. Ese estado anterior puede pensarse en lo que Lacan plantea, desde cierta lectura de Freud, en torno al desamparo (Hilflosigkeit) como momento inaugural que liga al sujeto con la muerte como experiencia última, en el sentido de que no puede esperar ayuda de nadie [1] . El desamparo aparece donde la angustia no es señal, no es protección, en tanto posición primitiva de estar sin recursos.
El desamparo no es sin el desvalimiento propio de la prematuración del ser viviente, pero desde la lectura lacaniana la relación con una alteridad que no responde, ya que no puede hacerlo, escena que toma la opacidad misma del desasosiego.
Freud, en Proyecto de una psicología para neurólogos (2013), plantea que la animación del deseo produce un efecto de percepción, una alucinación en la que es infaltable algo del orden del desengaño. Ese desengaño está en relación al desamparo como horizonte insuperable, siendo asimismo cimiento para el deseo que jugará como única posibilidad. Mediante el desengaño, Freud dice la caída que instaura la experiencia de estar ante Otro que no responde, lo que constituye la estofa traumática y estructural que conducirá al sujeto a bascular entre la falta y el exceso, entre el silencio mortífero y la incesante habladuría circular. Este surco, que recae sobre el cuerpo doliente y está en la antesala de la alienación a la palabra, dice que la ruptura incurable que se produce por la inconciliable relación entre el cuerpo y la palabra es constitutiva de lo indecible que no dejará de producir palabra e intentará decir lo que no podrá decirse, aunque vaya quedando huella de lo dicho.
Estas primeras líneas permiten trazar un modo posible de leer al cuerpo como zona, como una zona de refugio del desamparo [2] , como refugio que soporta la rotura constitucional que para el sujeto implica tal desengaño, ya que soporta el exceso y el defecto, convivientes en la lógica inconsciente, como estados sujetos a la continuidad y a la implicación.
Aquella alteridad tachada que arroja al sujeto a un desamparo con el que solo podrá hacer algo precariamente desde la palabra, no es sin una alteridad otra que, en otro tiempo (desfasaje), lee: allí se constituye la desolación de quien habla, que, al mismo tiempo, comienza a diluirse, o al menos a desplazarse, cuando empieza a decirse. Del desamparo no podemos saber nada más que por la palabra en la operación de repetición de las diferentes formas de lo inenarrable. Es decir que ante aquel desengaño que sumerge el sujeto en el desamparo como agujero constitutivo de lo inefable, como experiencia traumática ineludible, la única posibilidad se articula a la alienación al registro de Otro que será tanto ajeno como insuficiente, para adentrarse en el intento de hacer algo con lo imposible: la dimensión del significante.
De la alienación al registro significante que proviene del Otro como código al que le falta, se produce entonces un nombramiento que se lleva más o menos mal y dice la petrificación que reduce al sujeto y actuará como determinante. [3]
Este punto hace posar en el advenimiento del sujeto, al interior de una inevitable contingencia, una relación de fijación y de inmutabilidad. A partir de allí, no toda lectura es posible, lo que resulta relevante a la hora de pensar la práctica analítica, ya que, en la dirección de un trabajo de análisis, se pone en juego la lectura de esos significantes que retornan insistentemente sin consistir, lo que destaca la importancia de la espera que hace que la transferencia quede ligada al manejo del tiempo. De este modo, una escucha que lee los significantes que inagotablemente retornan en el discurso de un analizante, como cierto determinismo singular producto de la petrificación propia de la estructuración de un sujeto, no es sin la ruptura de la ilusión de reciprocidad que destierra la primacía del entendimiento y la compresión. Esto permite salir de algo en lo que es muy fácil caer: un relativismo de la lectura.
Hablamos de la interpretación no hermenéutica para pensar la lectura rota, aquella que reconoce la ausencia de objeto y que se sitúa entre suplencias que en sus tropiezos positivizan el agujero inagotable del origen al que rodea la construcción de la causa. En la interpretación la noción de violencia se vuelve fundamental, en cuanto torsión que produce el derrumbamiento del sentido y el arribo al sinsentido para hablar de un vacío, ya que el sentido en tanto dado no se encuentra ni en el fondo ni en la superficie. Ahora bien, que no haya lectura predeterminada no significa entonces que pueda ser cualquiera, la interpretación no podrá remitir a cualquier sentido ya que comprende cierta sujeción a una secuencia significante. Dar vuelta el planteo, teniendo en cuenta que es estar en el mismo lugar pero al revés, implica el riesgo de un subjetivismo. Lo inefable no es lo infinito, sino que remite a lo radicalmente imposible que habita en la palabra y que solo mediante el juego se instituye en su singularidad, es el fragmento. La multiplicidad de lecturas posibles para un sujeto está sostenida en cierta invariancia, pero su proliferación repite el gesto siempre de manera distinta. Es necesario decir que la lectura no consiste, para así pasar a los modos de lectura. ¿Qué está escrito allí? ¿Qué insiste en ese relato? ¿Qué es un sueño sin contenido manifiesto? ¿Qué es el contenido manifiesto – inconsciente escribiente – sin lectura? El inconsciente freudiano es el descubrimiento de que no es posible dominar la palabra.
El fundamento esencialista conlleva la noción de una lectura que revelaría un sentido dado y dice, así, la abolición del malentendido, encausándose por la vía de la lógica ordinaria consagrada en el sentido común: es o no es. En cambio, el malentendido, como lugar donde algo falla y por eso dice, [4] es el modo de introducirnos en una lógica otra donde algo puede ser y no ser, ya que la palabra, que es sostén, sostiene mal. El inconsciente se figura como instancia escribiente en la que el motivo parte de la relación traumática e imposible con la palabra, lo que nos conduce a una temporalidad laberíntica de vericuetos, pausas e interrupciones, en que la pérdida estructural lleva a derivas pulsionales que se materializan, en parte, en intentos de decir, los cuales solo podrán consistir, fallidamente, mediante cierta lectura.
La lengua agujerea el cuerpo, que se vuelve pulsional y comienza a circular en las derivas desesperadas por satisfacciones que nunca llegan a lo esperado con objetos postizos que consuelan de la ausencia del que no hubo. De este modo, el hecho de que la lectura no esté antedicha no significa que pueda ser cualquiera, o si puede ser cualquiera no es cualquiera para cualquiera, ya que cada quien soporta significantes que se vuelven tronadores a la hora de llevar a cabo el trabajo que es leer. La pulsación cursa por canales que suenan de diferentes modos en el cuerpo para que se diga, solo por mediación de la lectura, lo que no puede decirse. De este modo, el psicoanálisis inaugura un nuevo saber sobre el cuerpo que se funda en un no saber. Decir cuerpos sexuados implica decir zonas indecibles de las que sabremos algo por las huellas disonantes de sus desvíos. El exceso que produce el traumático encuentro con el lenguaje inaugura un cuerpo que no podrá decirse más que en pasajes fragmentarios y que accederá al placer sólo en la parcialidad debido a la falta de objeto, que asimismo es la causa de la búsqueda y el arribo al placer, siempre parcial. Por eso el no saber es un problema que milagrosamente no podrá resolverse, ya que remite a un orden que no es el de la razón sino el del cuerpo, o el de la relación del cuerpo y la palabra.
Entre la tachadura de la alteridad absoluta y la proximidad que escucha, está, quizás, el desamparo. De este modo, el rasgo de acontecimiento que sucede en la lectura por hacer con lo imposible conlleva algo del dolor del cuerpo que remite al desamparo, pasa por allí y es refugio. Una lectura, siempre fragmentaria, parcial, toca el cuerpo en el sentido de volver a pasar por el desamparo como bache traumático en el que se produce el encuentro con lo que no podrá decirse, justamente cuando se está diciendo algo con esa imposibilidad. De este modo, la lectura siempre lleva consigo cierta rotura que toca el cuerpo, y el zurcido viene de significantes que arman cadena pero petrifican al sujeto en el sentido de determinantes tanto contingentes como insistentes, estos que se vuelven fundamentales para la lectura. Este recorrido busca poner en evidencia que no hay código completo, la tachadura del Otro intenta decir el significante de la falta de significante que dice un código agujereado, asiento inestable del balbuceo como modo posible. Hablamos de la ausencia en lo primario, encuentro con la no respuesta del Otro como punto estructural de la pérdida de correspondencia referencial. Por lo tanto, no hablamos de lo que se rompió sino de lo que se funda en la rotura.
Aquella falta radical juega como llamado que convoca al sujeto en tanto respuesta en una trama de lectura que permite su emergencia, que es activa, no tanto por la actividad de su elaboración como por su acto de aparición.
El código agujereado y una temporalidad otra: lo posible en la lectura
El extravío y la pérdida y, desde allí, cierto grado de incomodidad como condición de lectura, conducen a que en dicho acto que se pulsa desde la fisura del cuerpo quede una huella portadora de lo inefable que intenta decir lo que no podrá ser dicho y deriva en la única posibilidad, que es ficcional. El psicoanálisis, como la literatura, progresa a pura pérdida.
[5]
La lectura no puede reducirse a un código, lo cual aparenta ser una redundancia cuando se concibe que en la lectura está implícita aquella imposibilidad que nos hace hablar de una lectura. En un reportaje que le hacen a Juan Ritvo en “No hay teoría de la lectura” (2017), desde la cátedra “Teoría de la lectura”, plantea la incongruencia en la formulación de “teoría” para hablar de la lectura, ya que implicaría remitirla a códigos que la censurarían, si hay código, no hay lectura, si hay lectura no hay código. [6] Esta relación de mutua exclusión da cuenta de lo radical que resulta la diferencia entre estos términos y aun así parece conllevar tal resistencia que no vuelve caduca la aclaración. Decir que no hay teoría que defina la lectura no agota la pregunta sobre la lectura, sino que la direcciona en un trabajo que abre lugar a lo censurado, trayecto en el que se van gestando floridas resistencias.
La lectura no solo porta el carácter subversivo de lo que no pretende acomodarse a la norma, sino que oblicuamente reconoce la falla ―del código― y funciona en juego desde allí, declinando en su inherente porosidad. Quizás por eso, cuando se logra, es el acto menos hipócrita. Asimismo, no es sin el código, ya que, para tomar posición de no reducirse a un código, este debe existir. Leer, entonces, es abordar al código por su margen. [7]
La lectura no codificada, aquella que resiste a cualquier teoría que la ajuste y la defina, es perder y perderse, entre la sustracción y el excedente, es asumir que no se tiene, pues se busca no se sabe muy bien qué, para encontrarse con otra cosa. Sucede por las corrientes del deseo.
El sinsentido aparente irrumpe en el trabajo del inconsciente escribiente que no es sin un tiempo que lee en una lógica donde la causa está después. Hablamos de las consecuencias de la falta de objeto que llevan en el extravío a la posición de entre respecto a la pérdida y el exceso. Lecturas sujetas a una determinada temporalidad que es necesario pensar para poder practicar su lectura, ya que no puede reducirse a linealidad alguna.
La ruptura freudiana respecto al tiempo, bajo la noción de atemporalidad del inconsciente, es llevada más lejos aún por Lacan a partir del planteo de la anticipación y retroacción, pero es preciso aclarar que para los psicoanalistas la pregunta por la temporalidad no es susceptible de una respuesta cerrada mediante la maniobra que revierte el argumento, en este caso, lo retrospectivo. Ahora bien, ¿cómo acercarnos al tiempo en la lectura, solo posible en fragmentos, de la escritura inconsciente, eso que dice en lo que aparentemente no dice nada pero que solo puede decir a través de cierta escucha que lee? En esta noción de lectura, la temporalidad es condición. Podemos pensar un inconsciente escribiente siempre y cuando haya lectura como segundo tiempo que enuncia una primariedad que viene luego. Decir que no hay teoría de la lectura la vuelve portadora de un carácter frágil y no lineal, laberíntico y singular, que se manifiesta, en parte, en cierta pulsación temporal, como son la interrupción y la repetición.
La repetición
Kierkegaard en La repetición (2019) abre el tema a través de la ficción del heterónimo de Constantin Constantius, quien intenta reencontrarse con lo mismo repitiendo un viaje a Berlín. Ante la imposibilidad de repetir en la repetición, que aun así no cesa, si se quiere evitar el hastío al que puede llevar, no queda más que poner el acento en lo nuevo que enuncia. “Dado que esto se había repetido durante varios días, cogí tal enfado que, hastiado de la repetición, decidí volver a casa. Lo que había descubierto no era considerable y, sin embargo, era extraño, pues había descubierto que la repetición no existía en absoluto, y de esto me había convencido al verlo repetirse de todas las maneras posibles” (Kierkegaard, 2019).
De este modo, Kierkegaard habla de la “bienaventurada certeza del instante” a propósito de la repetición y podemos leer ahí, en la noción de instante, la diferencia sutil y de lectura que aparece en la repetición, el acontecimiento singular ante la repetición incesante del intento de hacer algo con lo inefable. Esta determinada noción de la repetición se ajusta a que la lectura se posicione al margen del código, sin consistir, ya que es imposible, pero sin el abandono de la insistencia en la que sucede, en el tropiezo, como lectura posible.
En Más allá del principio de placer (1990), Freud vuelve indiscutible la relación entre lo que se repite y el trauma, donde podemos anudar la noción de lectura a la que se quiere aludir. El desamparo, como encuentro con la no respuesta del Otro o el encuentro con que al Otro le falta, traza el trauma estructural que constituirá el corazón de lo inefable que trae como consecuencia la constante repetición que, en el instante de fallar, da lugar a lo nuevo. La dialéctica de la repetición es fácil, pues lo que se repite, ha sido, y si no, no podría repetirse; pero precisamente el hecho de que haya sido hace de la repetición algo nuevo. [8] Cierto exceso habita la lectura en la repetición, es el encuentro con el punto de nada que figura como agujero.
Es el instante que aparece en el trabajo de la repetición, a modo de interrupción, lo que hace jugar algo de lo eterno en el tiempo. Si el tiempo es contado en una cronología que ha hecho muchos trabajos por elaborar un origen es porque, al interior de su supuesta infinitud tanto singular como de comunidad, es finita. La noción de temporalidad para el psicoanálisis quizás consiste en escuchar el instante como destello de eternidad, para lo cual es fundamental dejar de comulgar religiosamente con la cronología, pero sin dejar de reconocerla como referente fallido, orientación lacunaria en la que cualquiera podría decir que no es difícil perderse.
La interrupción
En Ensayo de interrupción (2017), Ritvo también invoca al instante, lo no regular ante la sorprendente interrupción de lo nuevo. La interrupción conduce a un estado de cierto extravío por indistinción entre lo escrito como otra cosa y la otra cosa que produce lo escrito más allá de esas letras, mucho más allá de una interpretación hermenéutica. Por esta vía la lectura irrumpe en su posibilidad, precaria y tajante, donde la diferencia ordinaria es desplazada por otro tipo de distancia que permite la indistinción entre el que escribe y lo escrito, entre la lectura y el que lee. Por lo tanto, interrumpe el nombre propio, el narcisismo, haciendo surgir lo particular, esa facultad de interrupción que posee en virtud del mismo exceso defectivo que lo habita y que no es otro que la repetición del encuentro único del individuo separado(…)
[9]
.
La interrupción detiene la supuesta secuencia lógica que portaría la sucesión de palabras inmersas en la ilusión de claridad y coherencia para cuestionarla, mostrar las grietas y las eficaces contradicciones, en la posibilidad de arribar a la dimensión de la lectura. La lectura interrumpe y sucede en la interrupción, en una lógica de bucle que diluye la posibilidad de pensar en términos de causa-efecto. No es la interrupción lo que hace a la lectura, solo la posibilita en el universo de su imposibilidad, como así también desde la lectura podemos hablar de la interrupción. El instante en torno a la lectura no dice el rendimiento ante la imposibilidad, no es nada, es surgimiento, acontecimiento en el cuerpo que puede arribar a un cambio de posición, es decir, puede conmover modos singulares de leer. ¿No podría ser un modo de decir la búsqueda que pulsa un análisis?
El malentendido, la repetición de lo nuevo y la interrupción se nos aparecen como coordenadas imposibles de saltear en la orientación de una lectura posible.

