
La voz de Francisco
“me quedaba la intriga de algún deseo que habla entre líneas,
cuando alguien habla, cuando alguien escribe”.Germán García
I
En La Vocación de San Mateo, Caravaggio representa el momento de una decisión: Cristo señala con el dedo al recaudador de impuestos; lo elige. Mateo acepta y lo sigue. En la escena, Cristo está acompañado por Pedro; éste, quizás más que ninguno, encarna otra decisión. El temeroso pescador negará tres veces su destino. Toda construcción, para sostenerse y perdurar, debe permitir el temblor. La Iglesia nace, y perdura, en el temblor de Pedro.
Dos mil años después, Francisco, sucesor de Pedro, toma su lema papal (“Lo miró con misericordia y lo eligió”) del mismo pasaje evangélico que pintó Caravaggio en su Vocación. Es sabido que la palabra vocación proviene y contiene una voz. ¿Cuál fue la voz de Francisco?, ¿cómo hablaba?

Vocazione di san Matteo, Caravaggio.
En Asís, en el año 2020, sobre la tumba de san Francisco, el Papa firma la encíclica Fratelli Tutti. Francisco no celebra misa, ni antes ni después de la firma, es más, casi no habla, solo se limita a agradecer a los traductores de la encíclica. Para un jesuita traducir es un acto fundamental. En la escena a Francisco se lo ve abstraído, como si estuviese pensando en aquel antiguo elogio sepulcral ignaciano: “cosa divina es no estar ceñido por lo más grande y, sin embargo, estar contenido entero en lo más pequeño”. Vale recordar lo que decía Barthes, citando a Hölderlin, sobre el elogio sepulcral: “[una] presencia flotante del sujeto en la imagen, que marca a un tiempo la fantasía y la contemplación ignaciana”.
En los Ejercicios Espirituales, Ignacio de Loyola crea un método de producción desbordante de imágenes, con el objetivo de provocar una “cultura de la fantasía”. Bergoglio, mucho antes de ser Francisco, fue un distinguido director de Ejercicios Espirituales dentro de la Compañía de Jesús. No todos los jesuitas son elegidos para asumir este singular oficio. El director es el encargado de conducir al ejercitante en la práctica de los Ejercicios, es decir, es quien regula la producción de imágenes, es quien dirige la fantasía. Como explica Bataille en La experiencia interior: “los Ejercicios de san Ignacio se relacionan con un tipo de discurso que todo lo regula pero según el modo dramático”.
II
Me pregunto acerca de la voz de Francisco, y lo hago porque en ésta, quizás, es posible vislumbrar algo de sus decisiones. Indagar en sus palabras y gestos, y de ahí, tal vez, descubrir parte de su singularidad histórica. Germán García hablaba de las virtudes indicativas como aquellas que, si bien se relacionan con ciertos preceptos, “no se reducen a fórmulas preestablecidas”. Tal vez por eso creo que la singularidad de Francisco no se encuentra solamente en sus encíclicas y discursos —menos aún en su teología—, tampoco en su formación jesuítica, sino que se vislumbra en ciertos indicios, en ciertos fragmentos compuestos por palabras e imágenes que alimentaron sus gozos y esperanzas: su fantasía.
En su primer texto (Evangelii gaudium) Francisco decide usar una palabra extraña para la gramática papal: primerear. ¿Cómo habrán traducido al latín, lengua oficial del Vaticano, esa palabra criolla, salvaje, ese argentinismo? La frase completa dice así: “¡Atrevámonos un poco más a primerear!”. Así comenzó su papado. Arengando. Conocía el poder de una canción de cancha para levantar el espíritu. La resurrección como un domingo de sol yendo a la cancha. Creo que había algo de eso en la Iglesia de Francisco.
Francisco recurrentemente hablaba de los sueños. Hay dos escenas que recuerdo. La primera es un discurso a los jóvenes en La Habana. Francisco les dice: “No importa que a veces sueñen cosas que nunca se van a cumplir. Ábranse a cosas grandes y piensen que el mundo va a ser mejor con ustedes. Y si a veces se les va la mano con los sueños, no importa, porque la vida los va a ir acomodando. Primero, soñá”. Los sueños como motor; como motor de la historia.
En una segunda escena, Francisco habla de los sueños en oposición a la vigilia. Recordando a san José dice: “en mi escritorio tengo una imagen de san José durmiendo. Durmiendo cuida a la Iglesia. Y cuando tengo un problema, una dificultad, yo lo escribo en un papelito y lo pongo debajo de san José. Para que lo sueñe”. Los problemas escritos en los sueños; en los sueños de un santo que duerme.
Hay otra situación en donde Francisco conversa con jóvenes. Es en un documental (Amén: Francisco responde), donde el Papa dialoga con diez jóvenes. Están todos juntos sentados en ronda. En un momento hablan de la soledad —“yo me he sentido solo alguna vez”, confiesa Francisco—, y aconseja no apresurarse en esas ocasiones; propone atravesarlas, dejar que pasen: “que pase el nublado”, les dice. En ese momento se escucha un trueno, y Francisco riendo, dice: “acá se está viniendo la tormenta… a veces en la vida pasa lo mismo: estaba todo tranquilo, se viene la tormenta y te baja de un hondazo”. La voz de Francisco marcada por una gramática singular y, más aún, por un gesto singular: su sonrisa.
III
Hace pocos días se conocieron las últimas palabras de Francisco antes de morir: “gracias, disculpe las molestias”. Se las dijo a la enfermera que lo cuidaba después de que ella le diera un vaso de agua.
Francisco no regresó a la Argentina. Nunca se subió al avión. No quiso ser un aviador; fue un enfermero.

