
La belleza de la duda
Reseña de la película La Grazia, de Paolo Sorrentino.
Resaltar la belleza de la duda hoy en día es una pincelada surrealista de pleno derecho. El estreno de este film va a contrapelo de una actualidad abarrotada de certezas en las declaraciones y acciones de nuestros líderes contemporáneos, no busca establecer una metáfora o crítica lineal a ninguno de ellos. El presidente retratado por el director napolitano hace un elogio de la pausa, la necesaria revisión, una espera reflexiva para la elaboración de las decisiones impropias de la época que nos toca.
La Grazia: la belleza de la duda, la película que abrió el 82°. Festival de Cine de Venecia, viene a completar la trilogía de Sorrentino sobre líderes políticos italianos, iniciada con Il Divo (2008) —sobre la vida de Giulio Andreotti— y continuada con Silvio y los otros (2018) —a propósito de la vida y obra del pintoresco Berlusconi—, ambos figuras polémicas en cada rincón de su historia. En esta ocasión, Sorrentino fabrica un contrapeso elaborado a base de sus propios ideales para imaginar a su nuevo protagonista.
Mariano de Santis, interpretado brillantemente otra vez por Toni Servillo, mira de frente el ocaso de su lustro como presidente de la República de Italia, acepta y desea terminar su mandato; no ambiciona más allá de lo que le corresponde constitucionalmente. Es un líder moderado del Partido Demócrata Cristiano que llevó a buen puerto una crisis institucional a base de mesura y templanza, por lo que se ganó el apodo de cemento armato, sobrenombre que condensa la crítica más voraz incluso de su círculo íntimo como alguien apático, inmóvil, incapaz de tomar una decisión valiente, pero a la vez resalta quizás su más valiosa virtud: no precipitarse jamás a pedido del público.
La grazia en italiano juega una doble acepción. Por un lado como indulto, por otro lado como gracia divina. La decisión del presidente podría destrabar dos situaciones penales: un hombre mató a su esposa que padecía de un estado severo de Alzheimer; una mujer mató a su esposo mientras dormía, quien según ella “padecía de obsesiones” que lo llevaban a torturarla y encerrarla cotidianamente durante diez años de matrimonio. Ninguno de los dos criminales pide el indulto expresamente.
Dorothea (Anna Ferzetti), hija y asesora del presidente, también busca su grazia solicitándole la firma en la ley de eutanasia, cuya autoría la consagraría como una gran jurista (como su padre, que escribió un código penal de 2046 páginas). Ella se lo pide gentilmente, lo provoca, se vuelve condescendiente para hacer correcciones; y luego lo castiga alejándose, es evidente que para ella no da igual que lo firme su padre o el futuro presidente. Mariano sintetiza el dilema en esta frase: “Si la firmo me transformo en asesino, si no, en torturador”.
Como espectador, uno podría preguntarse cuál es la gracia de ser un presidente así. El film no resalta ningún provecho de esa posición, más bien un estricto ascetismo que resuena en la repetición en la frase: “Soy el tema más aburrido que conozco”.
Tras una confesión con el Santo Padre en la que el presidente le enumera todos sus “pesares”, este le contesta livianamente: “Amigo mío, usted tiene la gracia”. Le señala sutilmente que su vida es agraciada y que bien podría relativizar un poco aquellas cosas que lo atormentan. Mariano no lo entiende puesto que es un hombre de leyes y es justamente ese peso lo que lo cohesiona. Por eso, sigue pensando, sigue dudando. Porque hay una convicción latente de que dudar y pensar no son nunca el uno sin el otro, que solo después de ese ejercicio podrá descansar la calma una vez tomada la decisión.
Las escenas pendulan entre unas que parecen de cemento armado, inmóviles, eternas, primeros planos simulados en un retrato de pintura barroca, solemnes y silenciosas, y otras que presentan planos amplios, movimiento, escenarios para grandes batallas, pero que se cortan abruptamente. ¿Por qué se corta esto acá?
Detrás de la elegancia de los italianos, que siempre desfilan impecablemente vestidos por la pantalla, suena una musiquita electrónica subrayando la tensión en la escena. Aquella marca un contrapunto, a veces suena como un boliche perdido en la noche de Roma, otras como un aparato de terapia intensiva que constata que el final todavía no llega. Se corta acá porque ya está planteado eso que debía decirse aunque parecía que nada había pasado aún.

El amor, la muerte y la traición son hilos con los que Sorrentino va trenzando los diálogos en esta historia, que es una historia de amor, de amor más allá de la muerte. Porque es la trascendencia la que finalmente pone las cosas en su lugar, después de prender un pucho en la terraza del Palazzo del Governo mirando a Roma de noche o en búsqueda de una estación espacial más allá del cielo.
Son esos duelos, los que siguen doliendo, aquellos que nos advierten que hay asuntos de la vida que no prescriben, que hay verdades que nunca nos bastan: por más que te toque trabajar de presidente de Italia, por más que tu hija te cuide con dedicación y siga cada uno de tus pasos, por más que se sostengan con lealtad y firmeza las amistades por toda una vida, por más que te miren con admiración y respeto de regreso a casa, frente a la insistente pregunta: “¿De quiénes son nuestros días?”, el protagonista, finalmente, responde: por supuesto que “son nuestros”, es verdad, pero esto no significa que no tengamos que volver a apropiarnos de ellos día tras día.

