
La experiencia sinestésica de la literatura
Reseña del libro Zelarayán mi abuelo, de Pablo Aranda. Ediciones La Yunta.
La puerta que crucé para conocer a Zelarayán fue el libro de Pablo Aranda; el umbral, un ateneo en el que Pablo mencionó al autor. Eventualmente llegaría a alguna reseña sobre el libro en cuestión, y mi curiosidad gestionaría el resto.
Lo poco que llegué a escuchar o leer sobre Zelarayán consiguió que me preguntara qué enigma pierremenardesco guardaría el título. Porque aquello mínimo que había investigado era suficiente como para desechar su literalidad. Pablo no es el nieto de Zelarayán, aunque el título pareciera afirmar, justamente, lo contrario. Si Pierre Menard no es, lo sabemos, el autor del Quijote, el cuento borgeano instaura un espacio lúdico casi inevitable; es una lectura que propone (me atrevería a insinuar que, incluso, exige) un acercamiento que parte de cierta incredulidad y vacilación. Es, también, una invitación al desciframiento. Desde lo paratextual, la obra de Aranda ya estaba gestando toda esta serie de preconceptos que se volvían señal inequívoca de que la curiosidad me guiaba por buen camino.
Siempre leo preguntándome sobre los qué y los porqué de toda decisión del autor. Zelarayán mi abuelo. Dos entidades yuxtapuestas. Una aposición que identifica uno con el otro y, sin embargo, yo sé que no, pero no sé por qué. Hacia allá voy.
“Esto no es un texto, es un té con limón”, advierte un epígrafe. Continúa el cuestionamiento sobre el ser de las cosas. Avanzo con la cata de té y advierto un subtítulo y otro, y otro más, enigmáticos ellos desde su forma, además del contenido. Busco el índice y descubro que cada subtítulo es un verso de un poema de Zelarayán goteando en el texto de Aranda. Qué bella, ingeniosa y lateral forma de acceder a su obra, desconocida para mí. El poema sostiene la tónica del problema de la identidad y la multiplicidad del ser en un mismo ser, porque “hay muchas caras en mi vida / que viven borradas / quién sabe hasta cuándo”.
Este té con limón se abre como una experiencia multisensorial, sinestésica, del encuentro entre Pablo y Zelarayán, y de cómo la literatura del escritor entrerriano comenzó a cobrar vida a través de la voz de su abuelo. Pablo se descubrió leyendo “a orejazos”. Las identidades empezaron a entrecruzarse. De a poco, nos sumergimos en un texto (perdón, en un té) que indaga sobre el problema del género (“¿Cómo funciona este texto? Biografía, autobiografía, ficción, autoficción, vivencias toqueteadas por el lente con el que se la mira, parte de vida, torcedura de una vida”), hasta declarar que importan menos las experiencias metafísicas que las físicas. La sinestesia adquiere cabal relevancia a partir de esta afirmación.
Y si el centro es saber quién es Zelarayán, o acaso quién es el abuelo materno de Aranda, o si, por el contrario, lo que importa es la experiencia y el filtro desde el que se la experimenta, comprendemos el sutil y astuto uso del verso-subtítulo “quién sabe hasta cuándo”. Porque es en ese apartado donde la biografía de Zelarayán comienza a entrelazarse con la del abuelo, en un juego de párrafos entramados en los que, por momentos, asistimos a los fragmentos de una vida y, por momentos, a los de otra. Entonces, es necesario aguzar la vista ‒y el oído, y el gusto‒ porque en ese vaivén se construye lo identitario en una multiplicidad de caras que son una y la misma, en un intento de responder la pregunta “¿puede la vida de RZ contener la vida de mi abuelo?”.
“Se han borrado poco a poco, / pero en el momento menos esperado, / y a veces en el menos indicado, / vuelven a aparecer por un brevísimo instante”, delata el poema devenido en índice. El momento menos esperado adquiere entidad en esos recuerdos del abuelo, en gestos, en actitudes, en situaciones en las que asistimos a una vida contenida, evocada, reverberada en otra.
Un índice que es un poema, un texto que es una infusión, una biografía que es autobiografía, un ensayo que es poesía.
“Si el pensamiento es un caballo enloquecido, desbocado, de sed, de hambre, de puro hambre, la mano va ahí, atrás, tratando de hacer lo que puede”. Pienso en mi propio proceso de pensamiento como un caballo desbocadísimo, intentando domar ideas y asociaciones, dejándolas seguir su curso, y comprendiendo que el paso siguiente, habiendo ya pasado la puerta y avanzado a través del umbral, será ingresar y recorrer los pasillos y habitaciones de la poética de Zelarayán, acompañando el trayecto con un sabor a té con limón, con el sonido del vaivén de las hojas, con el roce del papel en los dedos, con la experiencia sinestésica de la literatura.

